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Tetas Poniendo Imprimir E-mail
Martes, 13 de Abril de 2010 00:31

 

Las Deseantes

Por mala casualidad -queremos entenderlo así- el boom de los implantes en las mujeres venezolanas se dio durante la primera década de nuestra revolución.

Entre tantas cosas que debíamos reinventar y entre tantos hábitos que debíamos rehacer estaban la mercantilización y sumisión del cuerpo femenino, pero con tanto no pudimos y hemos aceptado a los implantes como una especie de premio de consolación para algunas y un entretenimiento erótico-criticón para el resto.

Y precisamente en eso estamos. Mientras las implantadas no digan esta boca es mía y mientras por ellas sigan hablando los médicos y los laboratorios, sus maridos y mirones, su jefe y Osmel Sousa, mientras ellas, decimos, no sean medianamente creativas en sus argumentos y mientras no evidencien placer autónomo por haberse operado, pues no hallaremos lugar decoroso desde el cual hablar bárbaramente sobre las tetas hechas y siempre creeremos que las tetas que se pusieron no son más que su propia claudicación.

Pero, vamos, en nuestro colectivo no somos tan revolucionarias de pedigrí, ni tan perfectas feministas. Celebramos, eso sí, las tetas-hechas cuando son un dispositivo de lucha. En las transexuales, las prostitutas y otros géneros quedan maravillosas, y admiramos la arrogancia con la que las lucen. Es como darle una bofetada al sistema heteropatriarcal que se empeña en hacer de la estética femenina un instrumento de docilización. Pero la bandera que pudiéramos desplegar en este sentido se nos rasga ante las barbies de la revolución y mamisterios públicos y ante todas las otras devoradas por la falsa osadía: ¿a quiénes increparían estas tetas tipo proyectiles, si de increpar se tratara? Mujeres que han sido entrenadas para hablar mal de sus amigas sistemáticamente, que han sido criadas en un permanente tráfico de influencias sexuales, que han sido ortopédicamente diseñadas para desconfiar de cualquier cosa que parezca mujer, ¿contra quiénes entonces encararían sus tetas infladas? Simplemente contra el resto de mujeres que nos cruzamos ante ellas. Es lo más combativas que estas tetas pueden ser.

Pero supongamos que no, que la mujer no quiere enfrentarse a nada ni a nadie y que no reconoce culebra con ninguna mujer, ni con ningún hombre, ni con ningún sistema. supongamos que ella sólo es doliente de su propia autoestima. Esta es la principal excusa que esgrimen las mujeres operadas y que astutamente refuerzan sus maridos (aprovechando para recordarles que son feas, indeseables y, de paso, deprimidas). Así como las mujeres estuvimos y estamos permanentemente señaladas de inestables, histéricas, locas, y el negocio psicofarmacológico lo ha venido secundando, hoy día las mujeres nos vemos acorraladas además por las acusaciones de que somos sosas, feas, vacas o ranas. Entonces, nos preguntamos, ¿con quién nos quedamos: con la suegra dopada o con la prima hinchada? No nos comemos entonces ese cuento de un ego femenino accidentalmente debilitado.

Pero hay otro estilo de mujeres, éstas sí muy orgullosas. Tan resueltas son que un día les provocó ponerse tetas. Así como todos los días anteriores les diera simultáneamente por depilarse el cuerpo, por maquillarse hasta las piernas, por encaramarse en unos tacones, por apretarse una faja, por sacarse las cejas, por inyectarse bótox, por dejarse de tortas y chicharrones, por plancharse el pelo, por pegarse unas uñas, por cargarse unas pesas, y ahora, como por otro antojo más, adosarse unas tetas. Tamaña voluntad, tamaña personalidad, tamaño orgullo que les dio por bancarse una imagen que, oh casualidad, es la imagen de mujer blanca, próspera, clase media e independiente. Ah, y la imagen de princesita fatal, complaciente endiablada, heteromamitarrica.

Todas, heterosexuales, lesbianas, heteroinsumisas, asexuadas, desgeneradas, degeneradas, transexuales y travestis, hemos crecido bajo un modelo parecido de normativización de nuestros cuerpos y de desprecio a nosotras mismas. Todas conocimos de la acuseta de la escuela, todas nos predispusimos a ver en nuestra compañera a una rival, todas recibimos día a día y sin mayor alarma la crítica cizañera de nuestras madres, tías, hermanas, comadres. Todas somos encaradas por hombres en la calle, en nuestras casas, en el trabajo, que nos señalan discretos (y a veces no tanto) lo poco que podemos llegar a valer. Ya nos acostumbramos. Pero eso no quiere decir que tengamos que hacernos las tontas y seguir adelante en este formato de mutilación e injerto de nuestros cuerpos y espíritus. Quienes creemos en la revolución pues hagamos gala de ofrecer resistencia ante un sistema que aún no está en ruinas y que nos sigue explotando, empobreciendo, expoliando. Quienes no creen en la revolución, pues, huyan despavoridas gritando “con mi cuerpo no se metan” y pongan en resguardo la única propiedad privada con la que indiscutiblemente nacieron.

Las Deseantes
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