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Vivencias del amor en Teresa de la Parra Imprimir E-mail
Domingo, 04 de Octubre de 2009 22:43

 

Teresa Sosa /Palabra de Mujer

La muerte de Emilia sumió a Teresa en una profunda tristeza y desolación, guardó luto por ella durante el resto de su vida. Teresa hasta su muerte lució en uno de sus dedos el anillo de esmeraldas que Emilia le regaló. Su foto la acompañó a todos los lugares. Por su solicitud expresa, esta foto le fue colocada a Teresa entre sus manos cruzadas, en su ataúd, cuando murió en España en 1936.

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VIDA E INICIOS

Nace en París, el 5 de octubre de 1889, Ana Teresa Parra Sanojo, hija de Rafael Parra Hernández (Cónsul de Venezuela en Berlín) y de Isabel Sanojo Ezpelosin de Parra. Su padre muere cuando ella tiene ocho años; después del fallecimiento su madre, hermanos y hermanas, se trasladan a España.

Teresa regresa a Caracas en 1909, se aloja en la casa de la señora Lola Reyes de Sucre. De sus primeros años en Caracas no hemos encontrado datos. En 1915 comienza a escribir y publicar sus primeros cuentos, en el periódico El Universal, Caracas.

VÍNCULO CON EMILIA IBARRA

Emilia Ibarra  1923Teresa vivió durante años en Caracas en la casa de Emilia Ibarra de Barrios Espejo, hermana de la esposa del general Guzmán Blanco, hija de un edecán del Libertador. No encontramos datos del año de inicio del vínculo entre Teresa y Emilia. Sólo alguno que otro testimonio de que Teresa participaba de las tertulias con escritores consagrados que organizaba Emilia en su casa. Un testimonio dice que en este ámbito Teresa entró en contacto con estos intelectuales afamados, que allí conoce a José Rafael Pocaterra, que la incluye en su revista.

Emilia fallece en mayo de 1924, a ella la dedicatoria que aparece en Ifigenia (1924):

A ti, dulce ausente, a cuya sombra propicia floreció poco a poco este libro. A aquella luz clarísima de tus ojos que para el caminar de la escritura lo alumbraron siempre de esperanza, y también, a la paz blanca y fría de tus dos manos cruzadas que no habrán de hojearlo nunca, lo dedico.

Emilia aparece recreada en la ficción literaria en el personaje ‘Mercedes Galindo’ de Ifigenia. En la novela, ‘Mercedes Galindo’ es representada textualmente con un discurso de amor apasionado y sublime, de la narradora omnisciente, ejemplo:

…libre de conversación, silenciosa e inmóvil, la observaba y observándola así, comprendí al punto, que más grande aún que su belleza, era su encanto, es decir, que llevaba a lo supremo de la perfección el arte de interpretarse a sí misma: porque mientras hablaba, la boca, las manos, los ojos, la cabeza, la voz, la sonrisa, todo, iba completando sutil y armoniosamente, con mil matices, el sentido que expresaban sus palabras.

La muerte de Emilia sumió a Teresa en una profunda tristeza y desolación, guardó luto por ella durante el resto de su vida. Teresa hasta su muerte lució en uno de sus dedos el anillo de esmeraldas que Emilia le regaló. Su foto la acompañó a todos los lugares. Por su solicitud expresa, esta foto le fue colocada a Teresa entre sus manos cruzadas, en su ataúd, cuando murió en España en 1936.

Emilia en su testamento dejó a Teresa el usufructo de su fortuna, mientras permaneciera soltera. Gracias a la herencia que recibió de Emilia, la escritora pudo vivir sin apremio económico. En julio de 1924 en una carta a un amigo le dice: “Tengo por lo tanto si no diré la riqueza, si una situación independiente”.

Teresa dedica dos párrafos importantes a Emilia en su artículo “Ifigenia y un valiente defensor de las Aristeigueta” (El Universal, 30/12/1926). Allí describe a Emilia Ibarra como una de las tres fuentes femeninas y orales en la que se fundamenta lo más importante de su conocimiento de la historia de Venezuela.

VÍNCULO CON LYDIA CABRERA

Lydia Cabrera La HabanaA fines de 1929, Teresa de la Parra hace un viaje a Italia en compañía de una mujer que ejerce una evidente influencia en su vida afectiva y en sus pensamientos. Es la escritora cubana Lydia Cabrera (1899-1991), a quien conoció durante su primer viaje a La Habana en 1927. Lydia fue la compañera afectiva, inseparable, de Teresa hasta su muerte en 1936.

Lydia Cabrera decide acompañar a Teresa de la Parra un día de la primavera de 1932, en el mes de mayo, al sanatorio de Leysin (Suiza): “Pasé en el sanatorio tres o cuatro años. Cada cierto tiempo yo iba a París donde tenía mi atelier, que no quité hasta 1934, cuando comprendí que ella estaba definitivamente mal”; Teresa murió en Madrid el 23 de abril de 1936. El día 24 fue enterrada en el cementerio de la Almudena (Rosario Hiriart, 1983. Más cerca de Teresa de la Parra. Caracas, Monte Avila).

Lydia estuvo a su lado, día y noche, durante los últimos días de vida de Teresa, transcribimos sus últimos momentos, el día que murió, desde el relato de Lydia:

Yo dormía los días de su gravedad en la sala de la casa para estar junto a su habitación…Le inyecté el aceite alcanforado que recetaba su médico. Yo fui a descansar un rato, pasaba durante esos días la noche cuidándola. Serían las once más o menos cuando oí un ruido en la habitación de Teresa. Tuve una corazonada y corrí a su lado… La pobre doña Isabel, de rodillas ante el lecho de Teresa…Tomé rápidamente la jeringuilla y la inyecté en el brazo, pero el líquido no penetró. (Hiriart, Obr.cit).

En 1954 el escritor venezolano Ramón Díaz Sánchez, se pregunta, en uno de sus libros, qué ha sido de Lydia Cabrera ¿Vive aún? Prosigue y dice:

Teresa habla escasamente de ella en sus cartas, mas no así en su Diario, en el cual, sobre todo en los meses finales de su existencia, le dedica párrafos impregnados de admiración y ternura. Y esta interesante mujer que pudiera decir las cosas más trascendentes sobre la vida de nuestra compatriota, sobre sus angustias, ha permanecido en silencio. (1954. Teresa de la Parra, clave para una interpretación. Caracas, Ediciones Garrido).

La escritora y crítica literaria Rosario Hiriart señala que en 1982 se esperaba con ansia y entusiasmo la publicación del volumen de Biblioteca Ayacucho, sobre la obra completa de Teresa de la Parra, pero que el libro fue publicado con incontables omisiones. Esto es cierto. Por ejemplo, en la página 464 de Obra, en un recuadro pequeño, a la izquierda, aparece un texto de Teresa, extraído de su diario (en Madrid), escrito así:

Pienso un rato en la felicidad del hedonismo y del ideal epicúreo del que puedo gozar en lo que me queda de vida, sobre todo si las circunstancias me lo permiten: yo me siento mal entre la gente y encuentro bienestar con la independencia y la soledad.

Pero este mismo segmento, aparece escrito por Ramón Díaz Sánchez en su libro, ya citado, de la manera siguiente:

Pienso durante un rato en la felicidad del hedonismo y del ideal epicúreo que puedo gozar en lo que me queda de vida, sobre todo al lado de Lydia cuyas circunstancias como a mí se lo permiten: como yo, se siente mal entre la gente y encuentra su bienestar en la independencia y la soledad.

caratula edición 1988Rosario Hiriart (1988) nos proporciona un inventario de algunas de las omisiones en las que incurre Obra (Biblioteca Ayacucho, volumen 95, 1982): “Diario de Bellevue-Fuenfría-Madrid (1931-1936): 18 fragmentos fechados en Beaulieu y Neuilly, 1931; 29 en Fuenfría y Madrid, 1936. Nada aparece publicado entre los años de 1931 y 1936, y, de este último, sólo los que corresponden a la etapa final de su vida”.

Y la sombra misteriosa perdida en el recuerdo de las páginas de Ramón Díaz Sánchez, ¡estaba viva todavía! Era una escritora afamada; desde que salió de Cuba en 1960, vivía en Estados Unidos de Norteamérica. Es la autora, entre otras obras, de Cuentos Negros de Cuba (1936), que escribió “para entretenerse” mientras cuidaba de su amiga enferma, Teresa de la Parra. Lydia Cabrera murió el 19 de septiembre de 1991, en Estados Unidos de Norteamérica, a los 92 años de edad.

Lydia Cabrera tenía 89 años, cuando en 1988 aparece Cartas a Lydia Cabrera. Correspondencia inédita de Gabriela Mistral y Teresa de la Parra (Editorial Torremozas, España) de Rosario Hiriart. Gabriela Mistral, fue buena amiga de ambas. En el libro dice Lydia Cabrera:

A Gabriela Mistral la conocí en Barcelona el 1935, y aquel mismo año, nos reuníamos frecuentemente en el apartamento de la calle Mario Roso de Luna, del barrio de Rosales, que tuve el privilegio de compartir con Teresa de la Parra, ya muy enferma.

En el comienzo del libro, Lydia Cabrera, dice: “Rosario Hiriart me hace revolver las cenizas siempre cálidas de mis recuerdos, volver pasado al presente y revivir los años que estuve cerca de Teresa de la Parra”.

Transcribimos, de seguido, un fragmento pequeño, de una de las numerosas cartas de Teresa a Lydia (en todo el epistolario a Lydia, Teresa la denomina ‘Cabrita’) que aparecen en el libro (1988):

Bogotá, 29 de mayo de 1930. Cabrita querida:…A los dos días de llegar di mi 1ª conferencia. Mañana otra, el viernes la última. Quizás repita alguna a lo Lorca soltando conferencias en varias ciudades…Te digo buenas noches, y no sé hasta cuando, pues mi vida es sin descanso y un minuto libre, libre…¡Cómo anhelo verme dueña de mi persona!

Querida y admirada Teresa de la Parra, a 120 años de tu nacimiento, nosotras esperamos haber puesto nuestro granito de arena ante el mundo, para que al fin seas la dueña de ti misma, en el sitio de luz de fulgurante brillo, donde te encuentres…

Última actualización el Domingo, 04 de Octubre de 2009 23:36
 
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