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Comunicado de la embajada de Bolivia en Argentina: La SIP y la libertad de prensa Imprimir E-mail
Viernes, 13 de Noviembre de 2009 00:58

Embajada de Bolivia / La Gilada

Seis meses después de que una misión de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) visitara el Palacio Quemado y constatara que en Bolivia rige una irrestricta libertad de prensa, esa entidad que aglutina a los propietarios de los medios de comunicación escritos del continente ha vuelto a su andanzas y sin el mayor rubor nuevamente ha afirmado que en el país "la libertad de prensa se encuentra bajo acoso".

Esta falaz interpretación sobre la situación de la libertad de prensa en Bolivia fue expresada nada más ni nada menos que por Enrique Santos Calderón, presidente de la SIP y codirector del diario colombiano El Tiempo de Bogotá, en la Comisión de Libertad de Expresión e Información que sesionó este domingo en la ciudad de Buenos Aires.

No obstante, el 27 de mayo, el propio Santos había certificado en la Casa de Gobierno: "Hemos podido constatar que en Bolivia existe libertad de prensa. Por todo lo que uno escucha, oye y lee, aquí no se puede decir que no hay una prensa de oposición, que no hay críticas al Gobierno (...) Esta constatación me parece que es importante dejarla en claro". Pero, a la luz de los hechos, parece que no quedaron en "claro" las palabras de ese mismo personaje que hoy echa sombras sobre la vigencia plena de uno de los derechos constitucionales sobre los cuales se cimienta la democracia boliviana.

El jefe de esa entidad que aglutina a propietarios de 1.300 diarios y revistas impresas del continente también olvidó en Buenos Aires que en aquella reunión de los jerarcas de la SIP con el presidente Evo Morales y las principales autoridades nacionales, en el Palacio Quemado, el Gobierno boliviano les demostró -con abundantes pruebas documentadas- que en el país no sólo se respeta la libertad de expresión, sino que, amparados en su pleno ejercicio, oscuros personajes, a través de las pantallas de televisión, principalmente, habían desatado una vil campaña de oposición en contra del Gobierno legalmente constituido.

No faltaron en esta cruzada, presuntamente en "defensa de la libertad de expresión", palabras soeces e incluso aquellas que abiertamente convocaban a terminar con la vida del presidente Morales y del vicepresidente Álvaro García Linera, amén de otras autoridades, en un contexto político en el que las corrientes ultraconservadoras preparaban el frustrado golpe de Estado cívico-prefectural de agosto y septiembre del año pasado.

Es decir, bastaron seis meses para que Santos y los jerarcas de la SIP se olvidaran de que pudieron "constatar que en Bolivia existe libertad de prensa" y que esa verdad era "importante dejarla en claro".
Pero lo sorprendente y hasta tragicómico es que quienes se solazan y brindan en nombre de la libertad de prensa no son precisamente los periodistas que ejercen su noble oficio en las calles y en las mesas de redacción, sino los patrones, los dueños de los medios de comunicación privados, quienes -con honrosas excepciones- asumieron la libertad de expresión como "libertad de empresa"; secuestraron la noticia como bien social y la convirtieron en un bien comercial; sepultaron la verdad periodística y la cambiaron por la verdad del mercado, donde todo tiene precio, incluso la libertad de conciencia, requisito sin el cual no se puede ni se podrá hablar de libertad de prensa.

En este contexto, los jerarcas de la SIP actúan en consecuencia porque, en un ámbito estrictamente comercial, será el dueño del medio el que defina qué tipo de información recibirá el pueblo y -ni duda cabe- será aquella que preserve sus intereses de clase, la que no afecte el statu quo, la que defienda los privilegios de pocos, y la que banalice las reivindicaciones sociales y de justicia de una mayoría sometida secularmente por las élites señoriales. Es decir, lo que la SIP defiende en nombre de la libertad de prensa es el impune poder mediático para manipular la verdad periodística y adormecer a las audiencias. Por eso, en sus informes arremete en contra de gobiernos soberanos que asumieron el camino de la soberanía, la dignidad y la justicia; en este marco, la propaganda ha usurpado la información y los medios de comunicación corporativos han suprimido al periodismo, al periodista.

En palabras de Noam Chomsky, el ámbito comunicacional se ha vuelto un campo de batalla donde las fuerzas imperiales han convertido los televisores, las radios, la prensa y los espacios cibernéticos en laboratorios de operaciones psicológicas, con campañas coordinadas desde el Pentágono, el Departamento de Estado y la CIA para promover mentiras sobre gobiernos revolucionarios, generando matrices de opinión falsas y negativas, reciclando mensajes fabricados en la gran prensa internacional y proyectando montajes mediáticos para justificar agresiones, intervenciones, invasiones y guerra contra nuestros pueblos.

Lo que defienden los dueños de los medios es la exclusión del pueblo del poder y del acceso al conocimiento y a la información, hoy rígidamente limitado por una minoría elitesca que mantiene acaparado el poder económico, mediático y político. La SIP promueve una realidad fabricada, donde los países más libres son los represores, los más controlados son los democráticos, y la prensa no es la voz del pueblo sino un arma imperial que distorsiona, manipula y masacra la memoria colectiva.

Por eso, quizás haya llegado el momento en el que una "especie en extinción" -el periodista- haga escuchar su voz y salga por los fueros de la libertad de conciencia para ejercer la libertad de prensa que recupere la esencia de la noticia: un bien social.

 
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