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Una ponencia sobre política y discursos: Los grandes medios como oposición encubierta Imprimir E-mail
Lunes, 16 de Noviembre de 2009 00:19
 
Roberto Follari (*) desde Mendoza para Agencia Periodística del Mercosur
Que los medios concentrados –tanto gráficos como electrónicos- pueden obrar como oposición, no es algo que hoy cueste corroborar. Basta con conocer el caso venezolano, el ecuatoriano y, por qué no -y al margen de sus diferencias con los anteriores- el argentino. Por supuesto, los interesados lo negarán: y a eso es lo que referimos cuando hablamos de “oposición encubierta”. No a que los procedimientos sean especialmente sutiles (todo lo contrario), ni a que el tono insultativo contra las autoridades legítimamente elegidas sea menguado para disimular la intencionalidad destituyente. Nada de eso: la campaña es abierta, brutal, unilateral y absoluta. Sin embargo, en una contradicción performativa de las que gustaba señalar Habermas, quienes la practican lo hacen sin reconocer para nada lo que están haciendo; es como si alguien nos gritara, diciéndonos: “¿acaso alguna vez yo te he gritado?”.

Un pequeño ejemplo lo leemos en el diario mendocino “Los Andes”, cuyo paquete accionario incluye hoy fuerte presencia del Grupo Clarín. A fecha 15 de agosto de 2009, sección A, p.5, bajo el título “Cristina anunció un plan de empleo y rechazó críticas”, en el segundo párrafo tras la bajada, se dice: “La cadena nacional empezó apenas después de las 11,40 y terminó a las 12,23. El plan ocupó los primeros minutos; el resto del tiempo la presidenta lo dedicó a hablar de la inequidad social, los millones que su gobierno dedica a combatir la pobreza y los fusilamientos mediáticos de los que se considera víctima”.

Al decir “se considera víctima”, se pone en tela de juicio que la presidenta efectivamente lo sea; la modalización misma elegida para la frase es un ejemplo de cómo buena parte de la prensa nacional trata a la máxima autoridad de la Nación, y si en su contenido pone en duda la afirmación de la misma, en su forma la confirma de hecho. Al decir que es dudoso lo que la presidenta afirma sobre campañas mediáticas, se está siendo parte de esa misma campaña mediática que se pretende poner en duda.

Por supuesto, no es el ejemplo más flagrante de la campaña contra el gobierno de Cristina Fernández, que se acompaña con el ataque a su marido y ex-presidente Néstor Kirchner. En pg.2 de ese mismo diario y haciendo una interpretación antojadiza y superficial sobre el populismo, un conocido columnista local compara a Kirchner con Berlusconi, dos personajes tan parecidos como podrían serlo Mussolini con Alfonsín, o Lenin con De la Rúa (1); por su parte, el vocabulario injurioso y agraviante que todos los domingos lanza Morales Solá en su columna semanal, alcanza límites apocalìpticos difíciles de calificar (2). De cualquier modo, no es más virulento que lo que cualquier notero, locutor o periodista no especializado lanza cotidianamente con la mejor buena conciencia en canales como TN, canal 26, o las emisoras de América TV.

Incluso, porque una paradoja que más adelante develaremos, ha permitido a un importante sector de la derecha ideológica (no unánime, pero sí ampliamente mayoritaria en el espectro de los grandes medios nacionales) el negocio perfecto: aparecer humanistas, y defender a la vez al stablishment y los grandes capitales. Cuando un gobierno no es ortodoxamente neoliberal y abiertamente pro-mercado, es considerado enemigo por esos sectores ideológicos. En esos casos es que se logra denunciar la pobreza o rechazar un aumento de tarifas, y a la vez se está favoreciendo a los grandes monopolios y los conservadores del statu quo, pues así se contribuye a que éstos regresen al gobierno. Ello explica la extraña fruición de personajes patéticos –desde el exclusivo punto de vista intelectual- como Mirtha Legrand o Susana Giménez, en su sentirse ahora preocupados por la pobreza, interesados por la seguridad colectiva, y por otras causas humanistas por el estilo: a través de ellas se favorece a sus amigos empresarios, y a sus respectivos representantes políticos, sindicales y eclesiásticos, a la vez de estar –por una vez- del lado de “los buenos de la historia”.

De manera que se trata de oposición encubierta en cuanto a asumirse como tal, pero para nada encubierta en sus modalidades operativas: abierta, agresiva, unilateral y permanente. A ella asistimos en Argentina desde la ofensiva de las patronales del agro en 2008, cuya eficacia fue favorecida por no pocos errores del gobierno (3). Y es esto lo que se vive diariamente también en países como Ecuador y Venezuela, donde gobiernos que no son los que EE.UU. hubiera preferido hablan de un socialismo del siglo XXI que no se escucha con entusiasmo en los oídos del gran empresariado de esos países, ni en el de sus vecinos.

Cuestión de interpretación

Es por demás conocida la polémica que se inició con Hall, y su señalamiento acerca de lecturas diferentes de los mensajes (preferencial, negociada y oposicional). Fue Morley quien por algún tiempo lideró dentro de la tradición de los estudios culturales (4), la defensa de una apertura amplia de las posibilidades interpretativas del receptor; sin embargo, en su momento supo clausurarlas con claridad, señalando que tales interpretaciones no pueden ser arbitrarias, y que dejar toda la producción de significado en manos del receptor conlleva una posición acrítica sobre la producción de mensajes, lo cual es un modo del “Don´t worry, be happy” posmoderno (5).

Pero en Latinoamérica los ecos de ese Morley maduro llegaron escasamente, y la apertura lanzada por Martín-Barbero desde el análisis de los medios hacia una conceptualización amplia y difusa de las mediaciones, conllevó una desmedida expectativa respecto al poder del receptor, el cual comenzó a ser entendido como omnipotente y pleno de transparencia, retornándose así a una noción conciencialista e ingenua de la subjetividad (6).

Esta posición se hizo hegemónica en las carreras de comunicación del subcontinente, las que comenzaron a destilar un fuerte rechazo a toda crítica hacia los medios y sus mensajes tildándola de apocalíptica, de modo que en tiempos de concentración de la propiedad de los grandes medios, y de mayor peso de los mismos en la conformación social de significaciones, en vez de aumentar la capacidad de enfrentar ese proceso, se tendió a ocultarlo y minimizarlo. Un síntoma es la suerte del texto de Bourdieu en torno a la TV (7), que pasó desapercibido –o mal percibido, en su caso- dentro del campo comunicacional latinoamericano.

Ante este predominio del estilo Light y el talante posmodernizado de los EC, con su alegre despreocupación por las cuestiones del poder y la hegemonía ideológica, toda crítica a los emisores mediáticos de mensajes pareció resultar –a ojos de la academia comunicológica, no para el resto de las ciencias sociales- por completo improcedente. La resignificación por el receptor pasó a ser parte de un credo mitificado e indisputable; no tildable de mitificado porque tal resignificación no exista, sino porque sirvió a asumir que poco importa lo que diga el emisor. De tal manera, se llegó a una postura ampliamente dominante en el campo de la Comunicación, según la cual, por reducción al absurdo, el mensaje carecería de eficacia propia pues –en el límite- el receptor siempre entiende lo que es afín a su propio contexto cultural. En una palabra, podría llegar el receptor a configurar significaciones de una manera prácticamente independiente del mensaje como soporte material de las mismas.

Por supuesto que dicho así, nadie de los partidarios de estas posiciones las suscribiría. Pero las consecuencias que estamos señalando de sus posturas no son en absoluto inconsistentes con las mismas; por el contrario, es el modo en que se llegó –en los hechos- a interpretar el resbaladizo concepto de mediaciones. Los resultados en cuanto a pérdida de capacidad de crítica hacia la propiedad de los medios y a las unilateralidades en la emisión dominante de mensajes, por cierto que fueron abrumadores.

Por nuestra parte, es obvio que reconocemos que ningún mensaje deja de ser activamente percibido. No existen sensaciones puras, existen percepciones, y las mismas siempre son una construcción. Pero no una construcción arbitraria, ni realizada desde la nada: lo que se construye es relativo a las condiciones del mensaje recibido. Este es co-productor del efecto de significación en el sujeto, y es el que tiene la iniciativa en tanto estimulante inicial del proceso que lleva a tal significación.

De tal manera, que el receptor sea activo, poco tiene que ver con una especie de indiferencia sobre las condiciones de producción de mensajes, y sobre el peso que las mismas tienen en la construcción social de sentido. Lamentablemente, en Latinoamérica se impuso una especie de sentido común admitido al respecto en la década de los noventas, que aún tiene consecuencias. La idea de abandonar el análisis de los medios para centrarse en las esquivas mediaciones, sin dudas que fue tomada de manera cuasi-literal, y condujo al conocido enfrentamiento –trasladado al subcontinente- entre los EC y la Economía política de la comunicación, preocupada esta última por la propiedad de los medios, y por la relación de la misma con los monopolios y oligopolios en otras áreas de la economía, en escalas tanto nacionales como planetarias (8).

En todo caso, cabe distinguir (y por cierto no he de ser el primero en hacerlo) entre operaciones diferentes que se superponen cuando se habla del proceso de interpretación por parte del receptor. Las cuales, al no ser suficientemente distinguidas entre sí, ofrecen lugar a un amplio espectro de malentendidos.

Cabe desagregar, para nuestro caso, al menos dos “momentos” claramente diferentes en eso que suele interpretarse como “construcción del significado por el receptor”. Como ya señalamos, el receptor no es productor sino co-productor, al supoponer su propio proceso constructivo a un mensaje cuyas características le vienen dadas desde fuera.

La primera función, entonces, es de constatación. Se trata de tipificar qué es lo que el emisor ha dicho. En este proceso el receptor no es plenamente pasivo (ya dijimos que nunca podría serlo), pero está en obligación de intentar establecer qué es lo que el emisor ha señalado, y ceñirse a ello lo mejor posible. Por esto, si bien en mensajes ambiguos podría haber grandes malentendidos, cuando los mensajes son de fuerte definición valorativa, difícilmente haya algún mínimo lugar para interpretaciones equívocas. Veamos un titular tan “ecuánime” como “Una transición entre combates y fracturas” al que sigue esta bajada: “nuestro columnista nos habla de un tiempo de reiniciados conflictos cuando los Kirchner han roto toda posibilidad de conciliación. Han vuelto a las agresiones verbales, las posturas cerradas y las provocaciones de todo tipo. Nada cambió después de las elecciones: todo sigue igual, para peor” (9). Tan grosera invectiva, que ni siquiera se cuida de parecerse a una noticia o un comentario que guarde alguna verosimilitud como periodismo medianamente serio o imparcial, no deja demasiado lugar a dudas. Quien dijera que se trata de un elogio hacia la presidente y/o el ex-presidente Kirchner, sin dudas que nos haría dudar de la normalidad de su estado mental.

Por esto, cuando se habla de semiosis ilimitada se está haciendo referencia a las asociaciones secundarias que puede hacerse sobre un mensaje, a la hora de tomar posición frente al mismo; pero no al proceso de determinar qué se dijo en el mensaje, pues al respecto las interpretaciones sólo se diferencian cuando el mismo es singularmente ambiguo. Difícilmente haya quienes crean que Bush hablaba haciendo elogios sobre Al Qaeda, o alguien entienda que los principales periódicos estadounidenses editorializan a favor de Chávez o de Fidel Castro.

El problema aparece en una segunda función, que es cierto que en el tiempo se da simultáneamente con la anterior, y que por ello no es disociable de la misma in toto, pero que sin dudas resulta analíticamente distinta: la de tomar partido sobre el mensaje, la de adherir o no al mismo.

Es aquí donde las posiciones previas del receptor son las principales decodificadoras del mensaje, en cuanto sirven a apoyarlo, rechazarlo, negar su importancia o advertirlo como parcialmente valioso o parcialmente errado. En cuanto a esta función aparecen claramente categorías como las de Stuart Hall, en relación a qué actitud se toma ante lo receptado.

Es de insistir en que son funciones claramente diferenciables, la de constatar y la de valorar el mensaje recibido; aun cuando ambas se superpongan en un solo momento temporal, y desde ese punto de vista, la primer operación esté parcialmente sobredeterminada por la segunda.

Sin embargo, sólo cuando se ha perdido sentido de realidad a partir del fanatismo o del desequilibrio psíquico agudo, la segunda función (interpretar) cubre por completo a la primera (constatar), al punto de saturarla y subordinarla totalmente. En los más de los casos no es así, y asistimos a una combinación de los dos aspectos que sólo resulta socialmente productiva para el receptor, si éste se muestra capaz de sostener con alguna pertinencia la diferenciación entre las dos funciones.

Asumido lo anterior como una aclaración que importa frente a la interminable prédica sobre el rol activo del receptor, agreguemos ahora lo siguiente: la toma de partido se hace condicente con la del mensaje, cuando éste coincide con la posición previa del receptor. En tal caso, la valoración que conlleva –a veces sólo implícitamente- el mensaje, pasa desapercibida al receptor, pues en cuanto indiferenciada de su apreciación previa, no produce disonancia cognitiva alguna. El nuevo mensaje forma paisaje por completo coherente con las significaciones anteriores, y por ello es percibido como neutro, como si fuese una constatación pura de hechos objetivos (10).

Tal situación en la cual el poder del emisor se hace muy grande, es también la de mensajes cuyo contenido implica información acerca de procesos de los cuales el receptor está desinformado. En tales condiciones, el mensaje se inscribe sobre una tabula rasa, y es asumido sin distancia crítica por el receptor. Esto es así, excepto que por alguna razón el mensaje entre en contradicción abierta con las convicciones previas de quien recepta (p.ej., si a un católico le dijeran de que los católicos son muy crueles en sus prácticas dentro de un país para él desconocido, como lo son Finlandia o Costa de Marfil para la mayoría de los argentinos).

Queda establecida nuestra posición en relación a las condiciones de constatación e interpretación de mensajes, cuestión que habremos de retomar más adelante en cuanto a cómo opera dentro de los procesos de oposición política a los gobiernos de izquierda (o así percibidos por la derecha ideológica) en el subcontinente.

Tiempos mediáticos

Todo el mundo lo sabe: los medios tienen hoy un considerable poder socializador. A pesar del desprecio hacia los medios y el acento en la cultura por parte considerable de la Comunicología, es por demás notorio que los medios son hoy parte decisiva de la vida cotidiana de los diferentes estratos sociales, además de haber aumentado su peso relativo en cuanto a la constitución de significación social, si comparamos con tiempos pretéritos.

No es sólo que –como bien se constata- el tiempo de estimulación por los medios a que se someten los sujetos, sea socialmente mucho mayor que el de otras épocas (p.ej., cuando la TV disponía de unos pocos canales de aire, y trasmitía sólo algunas horas al día). Ni solamente el habitus según el cual la TV tiene que estar encendida casi todo el día en la mayoría de los hogares, el que lo esté también en bares y restaurantes, e incluso cuando estamos de visita en casa de familiares o de amigos.

Es el hecho cualitativo de que los medios han adquirido un lugar especial en cuanto a la construcción de subjetividad, es decir, en los procesos de constitución de identidad de los sujetos.

En tiempos en que se constata cierto déficit del Estado para proponer identidad colectiva, ante la crisis de lo político y la internacionalización globalizante; cuando la familia ha perdido la imagen del padre como figura sustentante de la Ley, tal cual Lacan adivinara tempranamente hace ocho décadas, con la consecuencia de familias cada vez más debilitadas, a lo que se agrega sus modos disímbolos y multiformes actuales (monoparentales, con adición de hijos de matrimonios sucesivos, configuradas por parejas del mismo sexo biológico, etc.); ante la escuela que mantiene modalidades rígidas y propias de épocas superadas, lo que erosiona su legitimidad social (11); frente al trabajo que ya no llega a la mayoría de los agentes sociales, a menudo no se inscribe en términos legales y no es entendido socialmente como eje de la existencia personal, los agentes socializadores tradicionales de la modernidad pasan por una severa crisis. No decimos nada novedoso con esto, pero la enumeración no deja de ser necesaria.

Frente a la falla de todos estos espacios, los medios incrementan su inscripción como agentes socializadores. Por cierto que no reemplazan a lo anterior, lo cual sería imposible, pues su lugar ante las subjetividades es otro (esa ilusión del reemplazo es muy común en la vulgata pseudocientífica posmoderna, asumiendo que los consumidores cumplirán el anterior rol de los ciudadanos, o que la internacionalización borraría simplemente cualquier rasgo de identidad nacional). Decimos, entonces, que no se asiste a un simple poner en el sitio de los agentes anteriores a los medios, sino de aumentar el peso relativo de los mismos en la configuración social de los sujetos.

Queremos subrayar lo anterior en un aspecto: de ninguna manera admitimos el paralogismo según el cual los medios han reemplazado el sitial del Estado. Eso puede ser para los muy limitados casos en que a través de los mismos se logra un cambio personal dentro de la jerarquía social, como puede conseguirse protagonizando en “Gran Hermano” o “Talento argentino”. Pero estas situaciones ya se vivían en viejos tiempos: la radio o la TV como acceso al estrellato (p.ej., con “Si lo sabe, cante”, “Odol pregunta”, etc.). Lo que algunos señalan es diferente: afirman que los medios serían ahora el sitial ante el cual se realizan las demandas sociales, en pro de conseguir que las mismas sean resarcidas.

Pero tal cosa no es estrictamente cierta. Lo que ocurre es que los sujetos sociales ahora ven en los medios una herramienta principalísima para protestar, reclamar, solicitar. Sin dudas que ellos brindan una visibilidad que no se consigue de otras maneras. Pero nadie en sus cabales, espera que sea la dirección de los medios la que va a resolver el problema: se espera que así se pueda lograr que el Estado (o, las menos de las veces, otros sectores de la población) auxilien a quien manifiesta públicamente su problema. El medio multiplica la llegada de la demanda, pero no es quien está interpelado para resolverla.

De modo que no hemos cambiado al Estado por la TV o la radio, ni por la combinación de ambas con la gráfica. Sí hemos llegado al punto en que los medios son la herramienta necesaria para que se propale la demanda, y para que desde la política exista necesidad de satisfacerla.

Dicho lo anterior, subrayemos que los medios se han instalado fuertemente como configuradotes del magma de significaciones colectivo, en la medida en que otros agentes han perdido peso relativo. Si se escucha poco a los padres, si la escuela aporta escasamente, si las religiones no abarcan activamente más que a un sector minoritario de la sociedad, si el trabajo ya no es más el gran organizador de la existencia, sin dudas que los medios aparecen como un factor muy importante de socialización en esta época.

Acorde a ello, su rol no es ya el mismo de otros tiempos, y tanto el entenderlos como “controladores independientes del poder político” como si no fueran ellos mismos dueños de un enorme poder, así como mantener los principios de “libertad de prensa” sin repensarlos para la nueva situación, resulta simplemente un anacronismo. No desarrollaremos del todo esos puntos, pero sin dudas que son parte de una agenda que nos debemos quienes estamos en el estudio de la Comunicación Social, y sus áreas temáticas afines.

Los grandes medios como actores políticos vergonzantes

Conviene a quienes disponen de este factor de poder que supone hoy la propiedad de medios, disimular su existencia (mayor factor de poder, aun si se mantiene la propiedad del mismo medio que antes; mucho más importante factor, si se incrementa a la vez la propiedad hacia nuevos medios, como ocurre con la concentración en curso en el país).

Nada mejor para disponer de un poder, que disimularlo. Los dueños de los medios, sus gerentes y periodistas mayoritariamente dispuestos, fingen desentendimiento sobre el peso que tienen en las tomas de partido de la población. Se autovictimizan como buscadores de la verdad, apóstoles de la información, héroes de la objetividad para bien de la sociedad. Se dicen perseguidos por los gobiernos, y ocultan sistemáticamente su rol de actores políticos y productores de significación, planteando una supuesta transparencia informacional que es teóricamente insostenible, pero –de parte de la sociedad- mayoritariamente admitida.

De tal modo, la necesaria construcción de la noticia es presentada sólo en términos de supuesta veracidad y fidelidad a las fuentes. Incluso la manifiesta arbitrariedad y parcialidad son defendidas como parte de la “libertad de información”, y la maledicencia no suficientemente fundada se sostiene como supuesto ejercicio del “libre derecho a la crítica”. Incluso el cinismo llega a proponer que todo esto no se hace al servicio del propio punto de vista de los propietarios de los medios (que son asociados a los grandes propietarios en general; muchos de ellos tienen fuertes inversiones en otros rubros, como es el caso del grupo Vila con sede en Mendoza), sino por “el bien de la población”, como parte de una irreprochable cruzada ética en pro de la posibilidad de que los ciudadanos tengan acceso a “las dos campanas”, aunque para ellos se dé lugar a exponer una sola, la propia.

Todo esto se realiza para atacar no a cualquier gobierno, sino a los que puedan tener posiciones contrarias al statu quo, ya sea muy claras (como en Venezuela) o vacilantes (como en Argentina). La virulencia y recurrencia de los procedimientos mediáticos no es menor en el segundo caso; la medicina es la misma, aunque “el mal” sea menos extremo.

Esto nos lleva a una explicación que, por simple en su ejercicio, no deja de ser necesaria, ya que la cuestión no es habitualmente percibida. Los gobiernos que no están con el neoliberalismo puro, son entendidos como conflictivos; a sus detentores se los presenta como enojosos cuando no directamente pendencieros, imagen que no cuesta advertir que los medios han aplicado tanto a Chávez como a Néstor Kirchner, a pesar de sus evidentes diferencias mutuas de personalidad y de configuración cultural.

No ha costado aplicar estas imágenes de molesto conflicto (que operan sobre el imaginario de la “paz perpetua” y la armonía a-conflictiva que el inconciente –según Lacan- sostiene a nivel del yo) a gobiernos como los referidos y el de Ecuador, en la medida en que objetivamente éstos han entrado en colisión abierta con intereses preestablecidos.

Dicho de otra manera: los gobiernos lacayos de los poderes fácticos (el gran capital, la geopolítica de Estados Unidos, la Iglesia católica, los grandes medios) no se pelean con ninguno de estos poderes; simplemente se subordinan a los mismos. Son, entonces, garantes de la armonía con lo establecido; sus únicos enfrentamientos pueden ser con trabajadores o desocupados, es decir, con sectores sociales con escaso capital simbólico (en términos de Bourdieu), y que por ello a menudo pueden ser ignorados desde los principales espacios mediáticos.

De tal manera, los gobiernos de derecha aparecen pacíficos, y los que no lo son, resultan confrontativos, beligerantes y levantiscos. Este estereotipo primitivo que opone en eje semántico lo tranquilo a lo crispado, lo racional a lo instintivo, lo maduro a lo impulsivo, se usa hasta el cansancio en el enfrentamiento mediático opositor contra los líderes rechazados por el stablishment; en el caso argentino, la larga tradición civilización vs. barbarie abierta por Sarmiento, cristaliza en la oposición del moreno DËlia contra el rubio De Angeli. Aunque este último haya realizado toda clase de acciones inaceptables (algunas abiertamente ilegales, la gran mayoría brutales e ilegítimas) (12), este miembro del conglomerado propietario agroexportador es presentado como un luchador fogoso pero genuino, contra D Elia como su adversario gubernista, seguramente lleno de toda clase de prebendas, y actor de la barbarie en estado puro y permanente.

Además de esta maniquea oposición de los consensuales vs. los conflictivos, otro deslizamiento de significados se hace útil a la actitud opositora de los grandes medios: es el que se sintetiza en que no habría otro poder que el vilipendiado poder político.

La paradoja es grande, pero la población no suele percibirla. Su rechazo a la política y los políticos no deviene de ir contra los que hoy enfrentan al stablishment, pues es un rechazo muy anterior en el tiempo. En verdad, los ecuatorianos repudiaron al Congreso previo a Correa, el cual era un espacio corrupto y corporativo; los caraqueños enfrentaron a quienes hoy son oposición y entonces eran gobierno, con el contundente caracazo; los argentinos acabaron con la dupla neoliberal Menem-De la Rúa (atravesada en los dos casos por la figura de Cavallo) en el “que se vayan todos” del año 2001. El desprestigio de la política fue promovido por aquellos que se desempeñaron en los gobiernos neoliberales, los mismos que hoy son oposición en los países referidos, y que de hecho ahora son defendidos por los grandes grupos mediáticos.

Esa es la paradoja: la política está desprestigiada por quienes son hoy oposición de derechas, pero estos usan mediáticamente dicho desprestigio contra quienes ahora hegemonizan el sistema político, pues se trata de gobiernos de corte populista que ellos rechazan (13); y cuando decimos populista aplicamos una categoría teórica, para nada despectiva, y que implica cierta específica reivindicación de intereses populares por los regímenes referidos.

De tal manera, las derechas mediáticas atacan a estos gobiernos aprovechando el rechazo hacia la política que ellos mismos han producido cuando gobernaban. A su vez, lo hacen bajo el supuesto de que el poder es igual al poder político. Es decir, proponiendo como víctimas a los demás actores sociales de un poder político exclusivista y supuestamente totalitario, al cual habría que enfrentar desde la indigencia de aquellos que están desprovistos de todo poder.

Ya lo hemos señalado: los poderes fácticos son variados y fuertes, y disimular su existencia es parte de la astucia de sus detentores. Estos usan su propio poder, pero son presentados mediáticamentre como “ciudadanos de a pie”, enfrentados a un gobierno omnímodo y que haría a su antojo, ante la impotencia de sus habitantes, y de los espacios de representación de los mismos.

Es decisiva esta presentación de un poder político que todo lo puede, dado que sobre ella se monta todo el tejido discursivo de una población supuestamente perseguida y victimizada, según imágenes que no se corresponden con esta época, sino con las de Hitler y Stalin. Hoy los medios disimulan su activo rol detrás de esa ficción de carencia de poder propio, y cuando hablan de la Iglesia o de las cámaras empresarias, las presentan no como poderes autónomos y alternativos al de gobierno, sino como neutrales súbditos que vigilan –desde su transparente lugar moral- a los pretendidos excesos del poder político (el único que, según la vulgata mediática, cometería excesos, o activaría actitudes reprochables).

La mentirosa “neutralidad”

Casos como el grupo Clarín en Argentina, o también el propietario de América TV, se dan análogamente con Teleamazonas, por ej., en Ecuador. En Venezuela, los enfrentamientos de los medios privados con el gobierno son conocidos, y la actitud de permanente ataque al gobierno por parte de la oposición mediática –es decir, de los medios privados como opositores- no es diferenciable de la de los dos países anteriores. Si bien sus gobiernos tienen muy diferente radicalidad (el argentino es mucho más atenuado en su enfrentamiento al statu quo), ya hemos señalado que la actitud de los oligopolios mediáticos es la misma.

La Sociedad Interamericana de Prensa –organismo cuya ideología no cuesta desentrañar- señala enfáticamente que medios “independientes” están siendo atacados en estos países (aunque, al menos en el caso argentino, no abunden casos de censura mediática). Y la calificación de “independientes” es realmente digna de un análisis detallado.

¿Independientes de quién? Del gobierno, señalan. Eso los mostraría “críticos”, cumplidores de su rol de ser garantes de una voz pública frente quienes detentan el poder gubernativo.

Pero ser independientes del gobierno no es ser independientes. Al menos, no lo es necesariamente. Habría también que ser independientes de la oposición, cosa que de ninguna manera se verifica en estos casos, donde la transigencia hacia los exabruptos verbales, fallas políticas y vaivenes electorales opositores llega a límites insólitos (14).

Habría que ser independientes también de las posiciones de los grandes empresarios, cosa que no se verifica en ninguno de estos casos, No sólo los dueños de los grandes medios son por sí grandes empresarios, sino que las posiciones políticas que exhiben de manera abierta y constante, muestran su afición por seguir las posturas del gran empresariado (en Argentina, se advirtió prístinamente con el apoyo a la Sociedad Rural y sus aliados durante el conflicto agropecuario de 2008).

Y, por supuesto, los medios son dependientes de sus directos propietarios, además de serlo de los intereses empresarios y de la oposición. Los periodistas pueden gozar de alguna relativa independencia, pero es notorio que los límites a sus posiciones no se requiere que sean explicitados: están fijados por la línea editorial de cada medio, y cada empleado sabe qué podría ocurrir si se aleja abiertamente de la misma.

Cuando afirmamos que los medios dependen también de la oposición política, no afirmamos que dicha oposición les dicte sus contenidos, sino advertimos que los medios se ponen a su servicio, entrevistan a sus representantes, los celebran, los elogian, etc., de manera de convertirse en agentes privilegiados y genuflexos de las actitudes y posiciones de dichos grupos (15).

Dado el peso ya señalado de los medios en la configuración de socialidad en el mundo contemporáneo, estas tomas de posición tienen enorme importancia para la composición de significados sobre la política en la sociedad. Es así que la oposición mediática se transforma a menudo en la principal oposición, y su actitud es difícil de enfrentar, pues apenas un gobierno lo hace pasa a ser acusado de totalitario, en tanto estaría afectando a la libertad de prensa.

A su vez, si retomamos lo señalado en cuanto a la cuestión del receptor, sin dudas que no todos los sectores sociales hacen igual caso a la impenitente campaña mediática. Es notorio que los trabajadores pobres y desocupados, en Ecuador y Venezuela no han dejado de apoyar a sus presidentes, a pesar de todas las campañas. En Argentina han tenido con esos sectores algún éxito relativo después del año 2008, pero muy menor en provincias alejadas y fuera de los centros urbanos.

En esos sectores sociales, la prédica mediática de la actual oposición no tiene efectos importantes. A pesar de su reiteración y su enorme redundancia, entra en colisión con las expectativas y valoraciones previas de los actores sociales. De tal modo, no los convence ni modifica sus posiciones. Se demuestra así que el mensaje no es omnipotente, ni puede por sí mismo determinar los puntos de vista de quienes tienen una definida opinión diferente.

Pero cuando, en cambio, dichos mensajes entran en asociación con esquemas previos de representación; cuando coinciden con la ideología implícita de los actores, obtienen un fuerte efecto, de modo que contribuyen considerablemente a configurar su opinión.

Es lo que pasa con los sectores sociales medios y altos en los tres países a que hemos referido (sectores más numerosos proporcionalmente en el caso argentino). En estos casos, la campaña mediática se ha hecho enormemente exitosa. Si se recuerda que el gobierno de Néstor Kirchner tuvo muy buenos índices macroeconómicos, y que la figura del entonces presidente era en ese tiempo mediáticamente respetada, se hacen impensables los niveles injuriosos y violentos de las actuales referencias al ahora ex-mandatario. Los niveles de vida de los sectores medios no se han visto fuertemente alterados desde entonces (sólo levemente, por la inflación del año 2007). Sin embargo, cambió por completo la percepción acerca de la figura de Kirchner, tanto como la de su esposa en cuanto actual presidenta.

A pesar de que –en lo socioeconómico objetivo- el gobierno de Cristina Fernández no haya tenido un mal desempeño (incluso dentro de una formidable crisis internacional que se sintió sólo levemente en Argentina), las clases medias y altas han alcanzado una feroz virulencia en el rechazo a su gobierno, a través de argumentos triviales y realmente sorprendentes para una población supuestamente ilustrada, como es la ropa que ella usa, o el talante pretendidamente soberbio de su personalidad.

En ello se nota la marca de la actuación de los medios a partir del conflicto con la patronal agraria en 2008, cuando aprovecharon la tensión para lanzarse a una tenaz campaña que se mantiene día a día. Los contenidos, a menudo racistas y casi siempre abiertamente clasistas, coinciden con la ideología no declarada de las clases medias: antiperonismo cerril, mantenimiento del orden estatuido, endiosamiento de la propiedad privada y el lucro personal, rechazo hacia los sectores populares entendidos como plebeyos y culturalmente inferiores. Este enganche de los contenidos mediáticos con las previas configuraciones ideológicas de los sectores sociales medios y altos en un momento de tensión y enfrentamiento, explica el éxito obtenido con su campaña opositora de los últimos tiempos en Argentina.

Es de destacar que nadie eligió a los dueños de los medios, por lo cual el ejercicio de su poder resulta ilegítimo frente al poder político constituido. Sobre todo, si se tiene en cuenta el peso relativo que se tiene con la emisión desde grupos mediáticos concentrados. Si bien tampoco se eligió a los dueños de medios de pequeña llegada, éstos se asumen dentro del espacio diversificado de opinión pública en la sociedad civil. No es el caso de los grandes propietarios mediáticos, que operan un enorme poder no delegado ni controlado, que por lo tanto se configura como abiertamente antidemocrático y privilegiante.

El ocultamiento sistemático de la campaña de la que estos medios participan, colabora a aumentar su eficacia. Frente a quien viene a darnos opinión política, nos precavemos; frente a quien sólo ofrece neutra información, en cambio, estamos inermes y confiados. De tal manera, la ocultación de la propia ideología, el disimulo sistemático de la misma, es un supuesto fundamental de la campaña mediático-opositora. Es lo que le permite sostener su llegada masiva, y legitimar su rol como si fuera socialmente admisible.

Huelga señalar que hay que preparar modos de enfrentar estas campañas encubiertas, que atentan contra las autoridades elegidas legítimamente por la población. Habrá que hacerlo con transparencia institucional, pero también con velocidad y eficacia: nuevas leyes ordenatorias de los medios como la que se proyecta en Argentina, y la aparición de Observatorios de medios que estén propuestos a nivel de Estado –no de ocasional gobierno-, permitirán ir poniendo algún límite a aquello que, con un lenguaje rimbombante pero no necesariamente excesivo, el presidente Chávez ha denominado “delitos mediáticos” (16).-

NOTAS Y REFERENCIAS

(1) La Rosa, C.: “Quiso ser Chávez y terminó siendo Berlusconi”, Los Andes, Mendoza, 15/08/09, pg.2

(2) Cualquier columna de este periodista en La Nación del año 2009 resulta igualmente elocuente por su maniqueísmo y virulencia, ver por ej. “Una transición entre combates y fracturas”, Los Andes, 16/08/09

(3) Errores como no negociar, cuando era imprescindible hacerlo después de decidirse por no reprimir a un movimiento que actuaba por la fuerza; o no mostrar habilidad para dividir entre sí a las diferentes organizaciones de la patronal agropecuaria.

(4) Se ha establecido diversas críticas a los estudios culturales; una muy sistemática es la de Reynoso, C.: Apogeo y decadencia de los estudios culturales (una visión antropológica), Gedisa, Barcelona, año 2000; también Follari, R.: Teorías débiles (para una crítica de la deconstrucción y de los estudios culturales), Homo Sapiens, Rosario, 2002.-

(5) Morley, D.: Televisión, audiencias y estudios culturales, Amorrortu, Bs.Aires, 1996

(6) Claro ejemplo es Landi, O.: Devórame otra vez (qué hizo la TV con la gente, qué hace la gente con la TV), Planeta, Bs.Aires, 1992

(7) Bourdieu, P.: Sobre la televisión, Anagrama, Barcelona

(8) Este enfrentamiento se sostuvo claramente en los países sajones y luego se trasladó a nuestro territorio latinoamericano, donde desde los EC se ignoró consuetudinariamente la existencia de la Economía Política de la comunicación, presente sobre todo a través de César Bolaño en el Brasil

(9) Columna de Morales Solá, J., citada en nota núm. 2

(10) En términos de Kuhn, se asumiría los nuevos mensajes como internos al paradigma preexistente.-

(11) Lo desarrollamos en Follari, R.: ¿Ocaso de la escuela?, 2ª edición, Homo Sapiens, Rosario, 2007

(12) D Elia es un dirigente social que ha apoyado a los gobiernos de Kirchner y de su esposa, por convicción ideológica; ello le ha permitido administrar planes sociales surgidos desde el Estado. Se lo ha presentado como violento, por acciones como tomar una comisaría, o dar un puñetazo a un hombre que lo fue insultando largamente en una manifestación en Plaza de Mayo. De Angeli representa posiciones de derecha; ha afirmado que la carne debiera costar el 500% más, para que así toda se exporte, o que hay que cerrar el Congreso si no vota lo que los dirigentes agropecuarios quieren. Además, ha tomado ilegalmente rutas, invadido por la fuerza una pista de aterrizaje y tomado un banco. En tanto es opositor, nada de ello le ha sido sancionado como problemático, a pesar de cierto paralelo con el tipo de acciones de D Elia, a quien los medios han satanizado ampliamente.

(13) Sobre populismo ver Laclau, E.: La razón populista, Fondo de Cult. Económica, Bs.Aires, 2005; Aibar Gaete, J. (coord.): Vox Populi (populismo y democracia en Latinoamérica), FLACSO, México 2007; Follari, R.: “Los neopopulismos latinoamericanos como reivindicación de la política” en Cuadernos Americanos 126, UNAM, México, 2008.-

(14) Un tópico muy notorio es el de “la institucionalidad”, la cual –según los medios- sería permanentemente burlada por los gobiernos kirchneristas. No así por la oposición, a pesar del hecho decididamente anómalo de que el vicepresidente Cobos sea a la vez líder de un sector de oposición, y siendo tal haya hecho campaña –hasta yendo casa por casa- en las elecciones legislativas del año 2009, conformando incluso un nuevo partido político antigubernista. Tal condición (probablemente única en el mundo) de un vicepresidente que no renuncia y usa su cargo como plataforma política opositora, no parece para nada problemático a estos extraños “defensores de la institucionalidad”.

(15) Lo ejemplifica el caso de la dirigente opositora Carrió que resulta notable, dado la disposición de ésta para atacar sin ningún tipo de atenuantes, plantear oposiciones cerradas y absolutas, calificar a sus adversarios como simples delincuentes, y asumir para sí un autoestablecido rol mesiánico. Sin embargo, “la reina está vestida”; nadie parece advertir el tono desmesurado y apocalìptico (cuando no simplemente insultativo) de sus repetidas admoniciones.

(16) El informe dado por el Observatorio de Medios de la Fac. de Ciencias Políticas y Sociales de la Univ. Nacional de Cuyo (mediados de agosto de 2009) es plenamente coincidente con lo que hemos expresado aquí; dicho informe se apoya en una amplia base empírica, proveniente de diversos medios nacionales como Clarín, y locales de la provincia de Mendoza.

(*) El autor es académico e investigador de la Universidad Nacional de Cuyo.
 
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