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El Holocausto en el discurso político de Israel Imprimir E-mail
Miércoles, 17 de Marzo de 2010 23:50

Yacov Ben Efrat / Kaos en la Red

La intención es equiparar a las víctimas del holocausto con Israel. Según esta visión Israel es la víctima y la ocupación de Palestina no es sino un acto de defensa contra los que quieren exterminarnos.

Comparar el sufrimiento de los palestinos con el de los judíos en el holocausto es un tabú en Israel. Cualquiera que lo haga es condenado al ostracismo. El último en sufrirlo es el director y productor Yonatan Segal. En un documento de marketing para su “Odem” (Lápiz de labios), que actualmente está filmando, escribió que “la ocupación es más terrible de lo que Israel nunca ha admitido, y es posible compararla con el holocausto”. El Fondo de Cine israelí, que apoyaba su proyecto, respondió con la congelación del dinero. El tema llegó, incluso, a la Knesset [parlamento], donde Segal fue llamado para que se explicase. Es uno entre muchos a quienes se ha puesto en la picota por hacer esa comparación.

En la actualidad una obra llamada “La tercera generación” se está representando en ciudades alemanas. Los actores son israelíes, palestinos y alemanes. El trabajo aparece bajo la égida del Teatro Nacional de Israel, conocido como Habima, y el Schaubühne de Berlín. La obra mata a todas las vacas sagradas, sometiendo a la trágica historia de los tres pueblos a la sátira, la crítica y el debate. A pesar de un monólogo brillante llamado "no se pueden comparar", emitido por uno de los israelíes, la comparación es de la esencia de todo.

La ocupación israelí invita a la comparación. Sin embargo, la comparación debe ser rechazada. Aquellos que lo hacen, sospecho, actúan más por ignorancia que con intención de falsificar la verdad histórica o disminuir el sufrimiento del pueblo judío. La generación más joven en Israel tiene poco interés en la historia. Teodoro Herzl y David Ben Gurion, en gran medida sólo son nombres para nuestros jóvenes. Se sabe muy poco, también, sobre lo que ocurrió en Europa en los años 1930 y 40. Esta ignorancia los expone a la manipulación cínica en lo que se refiere al Holocausto. Los viajes de la juventud a Auschwitz, por ejemplo, -organizados por el Ministerio de Educación- no están destinados sólo para informar, sino para transmitir mensajes, explícitos e implícitos, sobre lo que justifica el estado judío y sus políticas.

Cincuenta millones de personas murieron en la Segunda Guerra Mundial, incluyendo a veinte millones de ciudadanos soviéticos. Para los campos de exterminio fueron enviados no sólo a los judíos, sino también a los comunistas alemanes y los social-demócratas, así como los gitanos y los homosexuales. Sin embargo, la liquidación de los judíos fue la más cruel de todas, la más sistemática y bárbara, y la menos comprensible. Aquí fue Alemania, la nación más avanzada en Europa, quizás del mundo, la que demuestra hasta qué punto los seres humanos pueden hundirse. La cultura, la ciencia y la tecnología no opusieron resistencia ante una ideología racista, nacionalista. Sin embargo, precisamente los que levantan la bandera del holocausto, alegando preservar la memoria, se han convertido en los mayores falsificadores, utilizándolo para alcanzar sus objetivos y justificar sus actos contra los palestinos. Entre los peores está Binyamin Netanyahu, que no tiene vergüenza de poner el pie en Auschwitz y comparar a Ahmadinejad con Hitler, a Irán y la Alemania nazi. La clara intención es equiparar a las víctimas del holocausto con el Estado de Israel. Según esta visión distorsionada, Israel es la víctima, y la ocupación de [territorios] palestinos no es sino un acto de defensa contra los que quieren exterminarnos.

No hay ninguna base para esta comparación. Los judíos europeos que perecieron eran, en su mayor parte, los pobres y perseguidos, carentes de todos los derechos y medios de defensa. Eran judíos de la diáspora, que hablaban el yiddish, una cultura que ha sido borrada por Israel. Lo único que conserva de Israel es el holocausto, que se ha transformado de un acontecimiento histórico horrible en la roca mítica de la nación. Sus víctimas son evocadas para justificar cada atentado. Con la Torá en una mano y el holocausto en la otra, los israelíes establecieron su estado, mientras desheredaban a otro pueblo. Los factores detrás de la agresión nazi-a saber, la voluntad de ampliar las fronteras del país por la fuerza, el racismo, el odio a los extranjeros, el sentido de superioridad y la indiferencia hacia el sufrimiento de los demás son valores adoptados por la sociedad israelí. Por eso los críticos de Israel tenazmente comparan la ocupación y el holocausto puesto que si el Primer Ministro de Israel se le permite establecer analogías, ¿por qué no el resto?

El Holocausto no se puede comparar con nada haya conocido la humanidad. Por el contrario, lo que Israel está haciendo en los Territorios Ocupados es comparable al de muchas otras cosas que han sucedido. No se inventa nada nuevo. Cuando la primera Intifada estalló en 1987, el ejército israelí distribuyó a sus agentes libro de Alastair Horne, “Una guerra salvaje de la Paz”, sobre la ocupación francesa de Argelia. El régimen del apartheid en Sudáfrica también invita a la comparación, al igual que todas las variedades de colonialismo que marcó el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Pero el colonialismo ha pasado del mundo, y sólo la marca de Israel persiste hasta la saciedad. El mundo se ha cansado de este conflicto intratable.

Con el fin de condenar la ocupación, para exponer su falta plena de humanidad, no hay necesidad de compararla con el holocausto. Ya es suficientemente mala como es. Los que temen un retorno del fascismo no deben buscar la raíz de todo mal en las cuevas de Toura Boura, ni en Teherán. El fascismo continúa latente en las sociedades occidentales, el mismo lugar donde se desarrolló por primera vez. Brota en los EE.UU., Suiza, Italia, Francia, Holanda, Gran Bretaña y Austria. Su denominador común es el odio a los extranjeros, el nacionalismo, la supremacía racista, el desprecio por la democracia y el intento de renovar la grandeza de los imperios en declive. Aquí es donde se esconde el peligro real. A este peligro, sin embargo, el Estado de Israel sigue siendo indiferente, con el objetivo de sus flechas apuntando hacia el este. La comparación de Netanyahu es peor que falsa: es perjudicial.

 
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