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En Brasil el golpe cívico-militar ha caído en el olvido Imprimir E-mail
Sábado, 10 de Abril de 2010 00:36

Bruno Lima Rocha, politólogo radicado en el sur de Brasil ( Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla ) 

La última semana del mes pasado es emblemática para la política brasileña. El 31 de marzo es la fecha oficial de "celebración" del golpe de Estado cívico-militar realizado el 1 de abril de 1964.

Los militares y sus aliados civiles se quedaron en poder del Estado-nacional por 21 largos años, dejando el puesto solamente el 15 de marzo de 1985. A diferencia de otros países sudamericanos como Chile, Uruguay y Argentina, los operadores políticos y los movimientos populares ignoran aquí solemnemente la historia reciente. Considerando que gran parte de las élites gobernantes actuales que aquí actúan o estaban en la oposición o se aliaron con el régimen de fuerza, veo esta ignorancia como un mecanismo perjudicial. Esta maniobra "amortigua" la idea de lucha y tampoco es nueva. En la post-2ª Gran Guerra de Europa, en los países que se beneficiaron del Plan Marshall también se taparon los ojos a los antiguos empleados de los gobiernos nazi-fascistas que en aquel entonces eran útiles a la alianza de la OTAN comandada por los EEUU.

En Brasil, no siempre fue así. Recuerdo que en la segunda mitad de los años 80, a ejemplo de la vida política en Río de Janeiro, la Asociación de Municipios de Estudiantes de Secundaria (AMES) convocó a la semana Edson Luís, recordando a un estudiante asesinado por la dictadura el 28 de marzo de 1968 en un conflicto en un comedor para universitarios pobres. El pico de este tipo de protesta fue en el Centro Académico Cándido de Oliveira (CACO), en la Facultad de Derecho de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), cuando en algunos 31 de marzo se organizó el entierro del golpe mientras en la acera del frente, los militares salían con tropas de la Policía del Ejército para intentar contener la protesta. En esos momentos, con la elaboración de políticas a través de lo simbólico, las minorías organizadas marcaban un carácter de movilización y también se reflejaba un grado de antagonismo que seguía latente. ¿Y por qué no se mantiene la lucha por la memoria?

Hay que buscar algunos porqués en la década de la democratización. También en este período, como un hito de la década del '80, específicamente en el año 1985, la Arquidiócesis de Sao Paulo editó por medio de la Editora Vozes un libro que marcó al país. Se llama Brasil: ¡Nunca más! y es una recopilación exhaustiva y exacta de cómo la tortura fue una herramienta de estructuración del terrorismo de Estado después del golpe del 1º de abril de 1964. No recuerdo a un activista de la década del '80 que no lo haya leído. La obra causó controversia mediante la reformulación de lo ya conocido. Esto es porque era frecuente el tema de la dictadura y la producción de memoria cuestionando la decisión de la amnistía para los torturadores y criminales de lesa humanidad, y la reivindicación de los mártires de la resistencia. El tema en difusión era una especie de revancha, más fuerte que el miedo y en el espíritu de reivindicar los que habían caído en la causa colectiva.

Hoy, 25 años más tarde, después de casi ocho años de un gobierno de "izquierda", ¡Ninguna fuerza política con proyección nacional recuerda el pasado reciente! ¿Y por qué? Varias razones pueden ser asignadas, tales como: el horizonte ideológico ha cambiado (lo cual es cierto pero que no se justifica); la preocupación del votante medio no es esa (lo que supondría admitir que el proselitismo es una regla de política); la repulsión a las dictaduras lleva a las izquierdas a entrar en el problema de la libertad, un tabú para gran parte de este sector político (lo que también es cierto, pero suena a la técnica del avestruz que entierra la cabeza en el suelo esperando tiempos mejores que nunca llegan a la voluntad colectiva espontánea). Lo cierto es que una parte de la "ex izquierda" hoy, con el gobierno de Lula, es aliada de los herederos de ARENA (brazo político de la dictadura) y otra de la parte de la antigua resistencia al golpe de Estado ya integró el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, (FHC, que gobernó de 01/01/1995 a 01/01/2003). Esto sólo refuerza la idea de que hay una función de supervisión y control en la pelea por la Memoria Histórica, dado que los operadores políticos se ven obligados a estas alianzas de ocasión, esto como reflejo de una táctica (y el consecuente abandono de la estrategia) que los pone como guiados por el pragmatismo político y la tolerancia a las peores prácticas de los aliados civiles del golpe militar.

La comparación de la lucha por la memoria política en Brasil y otros países de América del Sur

Al no encontrar suficientes factores explicativos en la política interna de un país, este analista se ve obligado a buscar alguna base comparativa en el Continente. ¿Qué es lo que hace que nuestros vecinos lleven a cabo y adopten el sentido de estas luchas? Hay un patrón en las protestas en contra los golpes de Estado, cuando los argentinos salen a la calle el 24 de marzo, en Uruguay el 27 de junio y en Chile el 11 de septiembre. En todas estas fechas está  la presencia de la continuidad política y las banderas contemporáneas. Uno de estos pabellones está exigiendo la lucha permanente por la Verdad, Memoria, Justicia y Castigo a todos los responsables de crímenes contra la humanidad, sin importar su rango, cargo o función en el momento. Ya la continuidad en la política es perceptible por los grupos, corrientes, movimientos o partidos al reclamar a sus muertos por la represión. La acción colectiva depende de los elementos de unidad y de reconocimiento mutuo. De lo contrario, nadie se mueve. Un ritual funerario de la liturgia de la izquierda en el Cono Sur es llevar carteles y pancartas con los rostros de mártires y desaparecidos políticos. Es como decir que nadie tiene el derecho al olvido.

Es realmente intrigante tratar de entender por qué los países hermanos van a las calles para la fecha de luto y de golpe de lucha. Hay un patrón en las protestas en Argentina en 24 días, el día del golpe de 1976, dirigida por la junta militar con el general Jorge Videla y el almirante Eduardo Massera adelante. Lo mismo se repite en Uruguay, cuando el 27 de junio, se recuerda el autogolpe de 1973 encabezado por el entonces presidente Juan María Bordaberry, con la participación del Estado Mayor Conjunto. Y las calles hierven de Chile el 11 de septiembre, recordando el 11/09/1973, cuando el golpe de las Fuerzas Armadas chilenas, encabezado por el ex comandante en jefe del Ejército durante el gobierno de Allende, Augusto José Ramón Pinochet Ugarte. En los tres países, con diferentes niveles de conflicto y  radicalismo, las agrupaciones de la izquierda reivindican a sus mártires y dan significado a las luchas contemporáneas así como a los militantes que han caído en el período anterior.

Mientras tanto, aquí en Brasil, no hay agitación de ninguna fuerza política nacional en este sentido, lo que hay es un retrato de auto-imagen pacificada y de buena conducta sumada a la coexistencia pacífica con el tipo de democracia representativa burguesa y, por tanto, ya casi nadie reclama por la guerrilla en Brasil. Esto salvo raras y nobles excepciones. Es en función de esta coexistencia pacífica y “sana” que no se llegaron a abrir los archivos de la dictadura (los que están bajo el dominio de las Fuerzas Armadas) y no se ha aprobado un Plan Nacional de Derechos Humanos contundente. Esa es la diferencia brasileña y este es el peligro para el país y para el Continente.

¿Qué pasa con la lucha por la Memoria, la Verdad y la Justicia en Brasil?

Una de las razones políticas para esta parálisis es porque las izquierdas brasileñas, en general, tienen un diseño de corto plazo que les impide identificar las causas de tipo unitario, algo que potencialmente les agregue más gente. Esto se hace hoy, y esto se da en pleno gobierno de un ex sindicalista, que fue preso político y por consiguiente, ahí está la falta de una política consecuente de Derechos Humanos. En Brasil, los que sufrieron o murieron en los sótanos o en situaciones de conflicto también son olvidados por los que deberían reclamarlos. En las duras reglas del juego político, el pragmatismo es el entierro de la historia.

Las farsas de la historia se repiten solemnemente. Así, la resignificación de los operadores se produce sin ningún problema. Un ejemplo de esto ocurrió en la Europa de la posguerra, cuando el centro del capitalismo toleró ex-nazis y ex-fascistas que se hicieron pasar por demócratas. Un claro ejemplo fue Klaus Barbie, conocido como el Carnicero de Lyon, cuya red de contactos y el contrabando de nazis a América Latina fue utilizado por la CIA durante el llamado período de las fronteras ideológicas.

Sobre la cuestión de la falta de memoria histórica brasileña intriga también la buena convivencia entre los antiguos adversarios. Un ejemplo se da en el primer escalón del gobierno de Lula, el ministro Franklin Martins, secretario de Prensa y Propaganda de la Presidencia, él mismo un ex guerrillero, convivió con el ex ministro de las Comunicaciones, Hélio Costa, este un ex corresponsal de la Voz de América, con sede en Washington, durante la dictadura. Ninguna acumulación de fuerzas mirando a una mentalidad de cambio puede soportar tamaña promiscuidad política. Y seamos honestos, en el gobierno anterior de Fernando Henrique Cardoso pasó lo mismo. Pero como los tucanos (sobrenombres de los miembros del PSDB, el partido de Cardoso) han llegado al poder con una postura más a la derecha, rellenados por miembros del antiguo MDB (la oposición oficial, creada y tolerada por los militares), con varios miembros de la ex UDN y ex PSD (estos dos partidos existían en el período de la post-Guerra 2, de 1946 a 1964), y ambas leyendas también apoyaron el golpe de Estado, llegó a ser menor el conflicto de identidades y lealtades simbólicas para con los caídos.

El momento presente y la pertinencia para tomar esta lucha

Y ¡qué peligros vivimos hoy con la desmemoria! Como es sabido, la memoria y la historia van de la mano, y cualquier idea de un futuro común, depende de la concepción del proceso que condujo a la actualidad. Por lo tanto, al no recordar la dictadura militar, sus aliados políticos civiles, los agentes económicos involucrados y de la política exterior de EE.UU. en el momento, en América Latina se abrió el camino para volver a situaciones de tipo golpe de Estado, como parte del arsenal de posibilidades de la derecha. Todos los discursos mediáticos en Brasil corroboran lo que digo. Esto ocurrió en Venezuela en abril de 2002, en un intento de que la llamada Media Luna se separase de la otra mitad de Bolivia en agosto de 2008 y por desgracia, en el golpe jurídico-político-militar de Honduras, en junio de 2009. En este último fue cuando perdimos. Para los incautos, vale la pena recordar que el gobierno de Obama-Clinton ha tenido más victorias en América Latina en menos de dos años, que los de Bush Jr. en sus terribles ocho años al frente del Imperio.

Debido a lo coyuntural, estamos de nuevo con el Imperio poniendo su atención en nuestra América. Desde el infierno, los agentes de inteligencia estadounidense que han operado por acá, tales como Dan Mitrione o Lincoln Gordon, ex embajador de EE.UU. (que sirvió aquí en Brasil entre 1961 y 1966 y uno de los arquitectos del  golpe de estado de 1964) deben estar sonriendo en las profundidades. Y esta gente y sus pares de la actualidad, deben estar muy contentos de que la “izquierda” del mayor país de Latinoamérica se haya olvidado de pelear por la Memoria, la Verdad, la Justicia y el Castigo a todos los culpables. Al no haber invocado el presente de estas luchas, se abre un borde peligroso para volver mañana a ser otra vez más como fue ayer, aunque con un ropaje distinto. Este crimen, el de la omisión política, también debe ser moralmente reprochable.


Bruno Lima Rocha es politólogo (phd), docente universitario y milita en el frente de medio del Elaopa.org

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