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Palestina: Las proporciones del horror. Imprimir E-mail
Martes, 27 de Enero de 2009 04:43

Ricardo Rodriguez para Kaos en la Red 

No hay que empeñarse en que ninguno de los numerosos y bien pagados propagandistas del expansionismo del Estado de Israel dé muestras de flaqueza. En la naturaleza de la misión que han asumido se halla la carencia de escrúpulos y la radical renuncia a cualquier atisbo de compasión, entiéndase ésta en el significado que se quiera.

Estarán siempre dispuestos a justificar cualquier atrocidad que perpetre el ejército israelí, por estremecedora y repulsiva que resulte: rematar de un disparo en la cabeza a los heridos que se desangran en el suelo, torturar a los presos, bombardear manzanas de viviendas, aprisionar en un gueto infernal a decenas de miles de seres humanos sin los medios básicos para subsistir, arrasar hospitales o colegios o centros de refugiados, despedazar a niños a cañonazos. Nada les hará dudar.

Lo primero que ciega el fanatismo es la capacidad de razonar, y es la de razonar la única capacidad que permite a las personas revisar sus prejuicios a la luz de los hechos. La tarea de los mercenarios ideológicos del sionismo exige de un fanatismo sin fisuras; la menor crítica del Estado de Israel es para ellos mentalmente inconcebible. Cualquier crítica es antisemita, por definición. Hay una máxima invariable que sirve para explicarlo todo: Israel siempre se defiende, nunca ataca. El correlato lógico es que los palestinos jamás se defienden; siempre atacan.

Cuando los israelíes bombardean edificios de viviendas lo hacen porque en ellos se ocultan militantes de Hamás. La cuestión de si es legítimo matar a todas las personas que habitan en el edificio para acabar con un miembro de la resistencia palestina ni siquiera se plantea, aunque en cualquier otro caso para todo el mundo fuera evidente que emplear tales procedimientos es un crimen de guerra. Los niños mueren también porque los perversos militantes de Hamás se escudan tras ellos. ¿Quién se escudaría tras la niña palestina a la que el célebre capitán R., hoy laureado voluntario del ejército israelí en Gaza, voló la cabeza cuando estaba tendida y malherida? ¿Quién se esconderá detrás de los niños palestinos que mueren mientras duermen en sus casas, o de los que mueren en los colegios, en los centros de refugiados, o en plena calle, de la mano de sus madres? Ni siquiera necesitan responder. Es muy simple: la vida de los palestinos no es un dato a tener en cuenta. Para ellos, nunca lo fue. Los israelíes erigieron hace una década, en el suburbio de Kiryat Arba, un santuario en memoria del colono judío norteamericano Baruch Goldstein, quien asesinó en 1994 a veintinueve árabes que rezaban en una mezquita. En su epitafio escribieron que el asesino había muerto «con las manos limpias y puro de corazón». Y es espeluznantemente probable que miles de israelíes estén convencidos de que disparar a sangre fría sobre personas indefensas, si son árabes, no ensucia la conciencia de un buen patriota.

En estas semanas, y sin salirse de nuestro país, cualquiera puede haberse topado con los argumentos favorables a Israel habituales, e incluso con algunos que rozan el sadismo. Al margen de anécdotas truculentas, como el esfuerzo del corresponsal de El Mundo por probar que en realidad tampoco andan las cosas tan mal en Gaza, el discurso siempre gira en torno al mismo delirio: Israel libera a bombazos a los palestinos de los diabólicos militantes de Hamás, organización a la que casualmente los palestinos votaron de forma mayoritaria. Lo de «liberar» a los pueblos masacrándolos es una vieja manía, ya se sabe; como se sabe que la democracia sólo sirve si los pueblos votan lo correcto, que es tanto como decir lo que a nosotros nos interesa que voten. Basta echar un vistazo a los editoriales recientes de Libertad Digital. La verdad única se repite una y otra vez, sean cuáles sean los hechos.

Es cierto que la justificación del horror tiene éxito porque es mucho el dinero que se emplea para difundirla. Israel es el portaviones de los intereses de EE.UU y Europa Occidental en Oriente Medio, y ni unos ni otros van a llegar nunca demasiado lejos en los reproches a las salvajadas cometidas por el gobierno de Tel Aviv, ni van a dejar de venderle armas, mientras sigan siendo así las cosas. Pero no es solo ésta la razón. El problema es que tanto los más recalcitrantes aduladores de Israel como sus críticos tibios, incluso algunos que acuden a las manifestaciones de solidaridad con Palestina, comparten la misma visión en lo fundamental del conflicto.

Si se acepta que el Estado de Israel se limita a «responder» a las agresiones de los palestinos, la legitimidad de los bombardeos es sólo cuestión de grado. Las quejas contra Israel se quedan en la reconvención por lo «desproporcionado» de su «represalia» ante los ataques de Hamás. De repente, se esfuman de toda consideración tanto el pueblo palestino como la ocupación de sus territorios, y en el debate público sólo se puede abordar la catástrofe humanitaria –que cobra hoy trascendencia de primer orden, por supuesto-, pero no las causas del conflicto, que son al final también las causas de la propia catástrofe humanitaria. Este terreno de discusión –y cualquier otro es sin más ignorado por todos los medios de comunicación importantes- es el que permite al Estado de Israel combinar simultáneamente la estrategia de la mano dura y la de la diplomacia, regateando en las cumbres internacionales con el número de cadáveres, los deportados, los asentamientos o la política de dispersión y apartheid del pueblo palestino, al mismo tiempo que hace volar por los aires hospitales, derriba casas o dispara contra adolescentes.

El enfoque es siempre el del gobierno de Tel Aviv, el del invasor, a despecho de la realidad. Uno de los ejemplos más repulsivos de inversión orwelliana de la verdad de los muchos que se pueden encontrar a lo largo de la historia. Se plantea como escollo principal para resolver la permanente crisis de la zona que se garantice la existencia del Estado de Israel cuando son los palestinos los que no pueden constituir un Estado propio e independiente. Ocupa el primer lugar de todas las negociaciones el asunto de la seguridad de los israelíes mientras son los palestinos los que mueren cotidianamente. Como tantas veces denunció Edward W. Said el derecho a la seguridad de los palestinos habitualmente ni siquiera se menciona. Se bloquean los pasos fronterizos con el fin de evitar la adquisición de armas por la resistencia y de paso se estrangula la provisión de ayuda de subsistencia del pueblo palestino. Impedir que Hamás se arme es una gran contribución a la concordia en la que se empeñan los principales gobiernos del mundo. Los mismos que, con EEUU a la cabeza y la colaboración entusiasta del ejecutivo español, llevan lustros armando a Israel hasta los dientes, habiéndola convertido en una peligrosa potencia nuclear.

En suma, que todo se arreglaría de la mejor forma, se dice, si los dirigentes palestinos admitieran la existencia de Israel como vecino. Curiosa conclusión, teniendo en cuenta que es Israel quien invade la tierra de otros. No es ocioso advertir que tal conclusión sólo cobra sentido recurriendo a la doctrina del «espacio vital» («Lebensraum») que los nazis tomaron para sus propios fines de Karl Haushofery el geógrafo Ratzel. El espacio vital era, según Ratzel –y según Adolf Hitler-, aquél necesario para garantizar la supervivencia de un Estado ante sus adversarios por medio de la lucha o la competencia. La aplicación desvergonzada del concepto al Estado israelí se materializa en un sermón que a todos nos suena: Israel está rodeada de millones de árabes que la odian y necesita crear un espacio de seguridad a su alrededor por razones de supervivencia. Que el espacio de seguridad provoque el sufrimiento de miles de personas se considera un coste inevitable. Pero el mínimo sentido común le haría a uno preguntarse si el odio de los árabes no provendrá precisamente de la ocupación ilegítima de tierras y si no es, pues, el mismo Israel el que con la ocupación causa el odio que desemboca en inseguridad para todos.

Aquí, no obstante, el sentido común no cuenta. Pero es innegable, en cualquier caso, que quien acepta que el problema a resolver es la seguridad del Estado de Israel, aunque sea con la encomiable voluntad de convencerlo para que se retire de los territorios ocupados, está aceptando que los invadió por razones defensivas, en lugar de ver la realidad: una guerra de agresión de naturaleza expansionista, esto es, imperialista. Que un Estado justifique sus acciones de expansión territorial en motivos de defensa no es nuevo. Lo hizo la Alemania nazi para avalar la ocupación de Polonia igual que la URSS para explicar la invasión de Checoslovaquia. Es la coartada usual. Lo que es insólito e indignante es el grado de consenso en la comunidad internacional al darla por buena.

Ahora, una vez declarado el alto el fuego –otro más-, los palestinos retornarán a esa normalidad desesperante que llevan padeciendo durante generaciones, a la que habrá que añadir, como ha escrito Isaac Rosa, centenares de personas más sin hogar, heridos sin medios para recuperarse, más casas derruidas, menos alimentos, aun más desesperación si cabe. Palestina irá desapareciendo de la primera plana de los periódicos y los telediarios, y para la conciencia ciudadana occidental recobrará su carácter de conflicto permanente, esa guerra inacabable no tan lejana de la que siempre hemos oído hablar desde que éramos niños. Palestina es el ruido de fondo inmemorial de nuestras vidas, el poso inextinguible de nuestra vergüenza.

No tenemos derecho a olvidar, no obstante, que ellos, los palestinos, van a seguir muriendo, expulsados de sus hogares o aprisionados en atroces ratoneras humanas. El sufrimiento continúa, a todas horas, aunque no siempre lo haga al ritmo atronador de las bombas. Y, si no lo olvidamos, caeremos en la cuenta de que la solidaridad con Palestina no puede conformarse con que callen los cañones durante unos días, ni durante unos meses. Veremos claro que la paz no puede basarse nunca en satisfacer la ambición del invasor. La paz sólo se edifica sobre la justicia, y la condición indispensable para la justicia es el reconocimiento de la verdad.

 
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