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El Estado y la crisis Imprimir E-mail
Lunes, 20 de Septiembre de 2010 01:33

Jesús Rodríguez Barrio / Sin Permiso

A finales del año 2008 el Estado era la solución. Ahora parece ser el problema. Entonces hasta los neoliberales más extremos exigieron la intervención de los bancos centrales y los gobiernos para salvar al sistema financiero mundial.

Los bancos centrales emitieron enormes cantidades de nuevo dinero para comprar los activos-basura que había generado la especulación financiero-inmobiliaria. En Europa, el Banco Central Europeo entregó 5 billones de euros de nueva emisión (1 billón europeo = 1 millón de millones) a cambio de los activos-basura carentes de valor que tenían los grandes bancos europeos (es decir: regaló 5 billones de euros a la banca europea). A partir de ese momento, una vez socializadas las pérdidas de la burbuja financiera, los gobiernos se centraron en hacer frente a la crisis económica.

 

 

Los manuales de macroeconomía han suministrado siempre una variada gama de políticas recomendables para una situación de crisis económica, con caída de la demanda efectiva, desempleo de recursos y capacidad productiva excedentaria. Todas estas políticas podrían agruparse en dos grandes bloques: las que incentivan la demanda privada y las que crean directamente demanda pública.

 

 

Los mismos manuales indican que, ante una crisis importante, los incentivos al gasto privado suelen ser de poca utilidad debido a las malas expectativas y al aumento del ahorro como consecuencia de la incertidumbre y el miedo.

 

 

En consecuencia, los gobiernos acometieron ambiciosos programas de gasto público, además de atender al coste de los estabilizadores automáticos (seguro de desempleo…) para sostener la economía y evitar una depresión profunda.

 

 

Hasta aquí todo es keynesianismo de manual. ¿Qué ha pasado desde entonces para llegar a la situación actual, en la cual las dificultades financieras de los estados parecen ser el principal problema de la economía?. Repasemos los factores que han intervenido en este caso.

 

 

1.- ¿Qué estados han enfrentado la crisis?

 

 

Los modelos macroeconómicos han supuesto siempre que el Estado es un organismo poderoso, con variedad de recursos a su disposición y con autonomía suficiente para conseguir nuevos recursos en caso de necesidad. Pero la crisis actual ha revelado que en las economías desarrolladas esto ya no es así. Treinta años de neoliberalismo, con sucesivas rebajas de impuestos, liquidación de la propiedad pública y externalización de los servicios públicos, han colocado al Estado en una situación cada vez más marginal dentro la actividad económica. Los estados que han enfrentado la crisis carecían, en muchos casos, de empresas públicas y sus ingresos fiscales eran insuficientes para acometer programas de inversión ambiciosos. El modelo fiscal del neoliberalismo ha demostrado ser absolutamente procíclico, con rebajas continuas de impuestos durante la parte expansiva del ciclo. Y cuando ha estallado la crisis se ha rechazado cualquier aumento de la presión fiscal con el argumento de sus posibles efectos contractivos sobre la demanda.

 

 

Cuando los ingresos fiscales del Estado resultan insuficientes para hacer frente a los gastos, aparece la figura del déficit público. El déficit debe ser financiado. Dicho de otra manera: en esta situación el Estado necesita medios de pago adicionales para hacer frente al desfase entre el gasto y los ingresos fiscales. Hay dos formas de conseguirlo: 1) Emitir nuevo dinero (monetización del déficit). 2) Tomar dinero prestado de las familias o instituciones financieras nacionales o extranjeras mediante la emisión y venta de títulos de la deuda pública en los mercados financieros. Esto nos conduce directamente al segundo factor.

 

 

2.- La soberanía monetaria.

 

 

Los manuales de macroeconomía que llevamos utilizando tantos años dicen, también, que lo más expansivo (y, por lo tanto, lo más recomendable en situaciones depresivas) es financiar el déficit público, al menos parcialmente, mediante la emisión de nuevo dinero. La deuda pública traslada la capacidad de gasto de las manos privadas al Estado. El nuevo dinero, en cambio, crea nueva capacidad de gasto público sin reducir la capacidad de gasto privado. Además, mantiene los tipos de interés bajos, con lo cual incentiva la inversión privada y el consumo privado a crédito. Solo tiene el inconveniente de aumentar el riesgo de inflación porque se supone que un aumento de la demanda en términos monetarios, si no va acompañada de un aumento del producto en términos reales, hará subir los precios tarde o temprano. Pero, si excluimos el riesgo de inflación, lo más recomendable es combinar la política monetaria expansiva y la política fiscal expansiva.

 

 

La posibilidad anterior solo es evidente, claro, si el Estado tiene la capacidad para emitir nuevo dinero, de forma autónoma, en función de las necesidades de su propia política económica. Esto excluye de entrada a los países de la Unión Europea que tienen el euro como moneda común (los que pertenecen a la zona euro). Estos países han delegado su política monetaria en un organismo supranacional llamado Banco Central Europeo que se supone que, aparte de emitir la moneda única, debería asumir, de forma colectiva parte de las funciones que antes cumplía en cada país el Banco Central del Estado.

 

 

Una de esas funciones, muy importante cuando hay déficit público, es la de actuar como garante de los pagos de la deuda pública. En caso de necesidad, el Banco Central emitirá nuevo dinero para atender al servicio de la deuda (pagar los intereses) o amortizarla a su vencimiento. En esto, como en tantos otros casos de actuación de la autoridad pública, lo importante no es tanto que lo haga sino que se sepa que lo hará si es necesario, porque excluye el riesgo de insolvencia o devaluación (técnicamente se dice reestructuración) de la deuda pública. En condiciones normales, eso es lo que hace distinta a la deuda pública frente a los bonos privados. La renta no solo es fija sino que, además, está garantizada y el único riesgo que existe es el derivado de la falta de liquidez de los bonos a largo plazo o la posible subida del tipo de interés de mercado.

 

 

Esto marca, de entrada, una importante diferencia: el déficit público ha resultado ser, en mayor o menor medida, un problema importante en todos los países. Pero no todos lo han afrontado igual. Los países con soberanía monetaria la han utilizado ampliamente para monetizar el déficit y financiar la política fiscal expansiva, a la vez que para garantizar la deuda y estabilizar su valor en los mercados financieros. Por el contrario, los países de la Unión Europea sin soberanía monetaria se han enfrentado al déficit con el único instrumento de la deuda pública, que en consecuencia ha debido crecer aún más, mientras el Banco Central Europeo se limitaba a recomendar planes de austeridad fiscal y abandonaba a su suerte a los países en dificultades.

 

 

En un momento especialmente crítico de la historia económica contemporánea, los países de la zona euro con dificultades financieras derivadas de la crisis han descubierto, de forma especialmente cruda, una amarga verdad que hasta ahora no se había manifestado así: a partir de ahora, la máquina de hacer billetes nunca más será utilizada para combinar la política monetaria y la política fiscal mientras que será utilizada sin freno y sin límite para pagar las pérdidas del sistema financiero. No nos dimos cuenta, pero la creación del Banco Central Europeo, como un organismo supranacional al margen de los estados, significó simple y llanamente un golpe de estado financiero por el cual un puñado de neoliberales se apropiaron de la máquina de hacer billetes, que a partir de ahora solo será utilizada como garantía de sus negocios financieros y nunca más como verdadero instrumento de política económica.

 

 

3.- El riesgo de inflación.

 

 

Uno de los argumentos que se han utilizado en defensa del comportamiento anteriormente descrito ha sido el riesgo de inflación. Al parecer, los cinco billones de dinero legal regalados a la banca no tenían efectos inflacionistas. Algo de cierto hay en ello: en realidad, no sirvieron para crear nuevo dinero bancario sino para consolidar un dinero bancario, previamente creado por la especulación y que se apoyaba simplemente en el aire de una burbuja que acababa de reventar. Hasta el presente no han producido inflación, pero evitaron la deflación. En realidad, esto lleva implícita la respuesta a la pregunta tantas veces formulada por el público en los últimos tiempos: ¿Cómo puede ser que estos bancos que han recibido cantidades billonarias de euros no concedan créditos a las actividades productivas y estén asfixiando la recuperación económica?. Pues precisamente por eso: no pueden crear nuevo dinero bancario porque estas cantidades recibidas como regalo se han utilizado, simplemente, para consolidar el que habían creado, de forma fraudulenta, con anterioridad.

 

 

Monetizar el déficit si crearía dinero y gasto: el gasto de los parados y los pensionistas. Aumentaría la demanda y la actividad económica y reduciría el desempleo; produciría un aumento de los ingresos fiscales y, finalmente, reduciría el déficit. La simple posibilidad de hacerlo ayudaría a sostener la deuda.

 

 

Pero la inflación solo aparecería en la medida en que la demanda, en términos monetarios, creciera más deprisa que la producción. En unas economías que atraviesan una grave recesión y que han estado al borde de la deflación, el riesgo de una inflación moderada es mucho menos grave que el de caer en una profunda depresión.

 

 

4.- La crisis de la deuda.

 

 

En esas estábamos cuando, en la primavera de este año 2010, se disparó la especulación sobre la deuda de los países del sur de Europa. Por diversos motivos, la economía de estos países era mucho más débil para afrontar la crisis. En algunos casos, simplemente por su menor desarrollo económico (Grecia…). En otros (como España) porque su milagro económico se había basado en la especulación financiera e inmobiliaria. En esos países el Estado se vio obligado a afrontar importantes gastos sociales después de una larga serie de años de constantes rebajas impositivas a las rentas más altas y después de haber afrontado importantes gastos en inversión pública y en ayudas financieras a la banca para frenar el primer embate de la crisis.

 

 

El importante crecimiento de la deuda fue utilizado por los especuladores para forzar a la baja sus precios de venta y elevar el tipo de interés de mercado ante la ausencia de garantías, por parte de las instituciones financieras, frente al riesgo de impago.

 

 

La deuda de estos países se vio abandonada a su suerte frente a la especulación imparable de los “mercados financieros”.

 

 

5.- La “dictadura de los mercados”.

 

 

Había que hacer algo para tranquilizar a los mercados. Esos “mercados financieros” rescatados con la máquina de hacer billetes especulaban ahora con la deuda de los estados que carecían de ella para defenderse.

 

 

¿Qué querían los “mercados financieros”?. Básicamente, garantías para seguir especulando y haciendo buenos negocios con la deuda pública. En ausencia de Banco del Estado, la única garantía de seguir cobrando viene del aumento de los ingresos y la reducción del gasto. Lo primero solo se ha afrontado por la vía de los impuestos indirectos, medida regresiva y contractiva (y, por cierto, también inflacionista). Lo segundo, por la vía de reducir el salario de los empleados públicos y todo tipo de prestaciones sociales.

 

 

Bajo el chantaje de los especuladores, incluso los gobiernos de color progresista se han visto obligados a poner en marcha importantes planes de recorte del gasto público, de contenido totalmente contrario a sus propios programas electorales. La deuda de los países había sido secuestrada y fue necesario pagar el rescate.

 

 

6.- Los planes de austeridad y la nueva política económica.

 

 

¿Qué queda ahora?. La evidencia ha demostrado que un país sin soberanía monetaria no puede sostener de forma continuada un programa importante de inversión pública, basado en las propuestas keynesianas, para hacer frente a la crisis. Probablemente, tampoco se pretendía eso. Ahora se trata, según se dice, de sanear las finanzas públicas para recuperar la confianza de los “mercados financieros” mientras se espera que el sector privado recupere la actividad necesaria para salir de la crisis.

 

 

¿Salir, cómo?. Es evidente que, en ausencia de estímulos públicos, la demanda interior tardará mucho en alcanzar el nivel necesario para iniciar una recuperación sostenida, especialmente en un país como España fuertemente afectado por la burbuja financiero-inmobiliaria.

 

 

En ausencia de demanda interior, solo cabe confiar en la competitividad exportadora.

 

 

Y, en ausencia de moneda propia, la única forma de recuperar esa competitividad es la depresión general de salarios y precios. Es lo que llamamos la devaluación interior. La depresión y el desempleo, junto con reformas convenientes de la legislación laboral, permitirán reducir los costes laborales. Se supone que ello permitirá reducir los precios de los productos exportados y aumentar las exportaciones, que tomarán el relevo de la demanda interior y permitirán recuperar el crecimiento sobre la base de exportaciones baratas y bajos costes salariales.

 

 

Esta es la nueva política económica que se impone en la Unión Europea, especialmente para los países con dificultades financieras (básicamente los del sur). Se trata de convertir a Europa en una economía exportadora (como China o La India) basada en los bajos costes salariales y la minimización del Estado del Bienestar. Esta política puede ser viable para los países más fuertes y competitivos, como Alemania, a costa de importantes recortes sociales, mientras las principales economías no europeas (USA, China…) escapen a la recesión. Y, además, la austeridad presupuestaria garantiza que los países del sur harán frente a su deuda, mayoritariamente en poder de los bancos alemanes. Es un modelo diseñado a la medida de los acreedores-especuladores financieros.

 

 

Pero para la población de los estados del sur de Europa supone un largo calvario de sacrificios, que ni siquiera garantizan mejoras económicas a largo plazo, y que llevan anexa la liquidación de lo que quedaba del estado del bienestar.

 

 

7.- La ruina del Estado.

 

 

A estas alturas ya resulta evidente que uno de los rasgos diferenciales de esta crisis, frente a otras anteriores, es el endeudamiento masivo y la ruina generalizada de los estados resultantes.

 

 

Unos estados minimizados después de treinta años de neoliberalismo, y reducidos a la impotencia fiscal por el dogma liberal-conservador, han tenido que hacer frente a la crisis más profunda desde la segunda guerra mundial y, en algunos casos, han debido hacerlo privados de la mitad de sus instrumentos de política económica. Los estados sin moneda propia, como si se tratase de una representación teatral de los modelos macroeconómicos, se han encontrado interviniendo en un sistema compartimentado a la manera cuantitativista, en el cual la única forma de evitar la bancarrota del estado es el endeudamiento ilimitado o la liquidación de los servicios públicos. El resultado ha sido, no solo el fracaso de las políticas económicas anti crisis, sino también el inicio de un camino sin retorno para minimizar, externalizar y privatizar lo que aún quedaba del estado del bienestar; al tiempo que se aprueban reformas legales que reducen los derechos y garantías laborales para poder cargar, aún más, sobre los trabajadores el coste de la crisis.

 

 

Si la ciudadanía no reacciona frente a este curso de los acontecimientos económicos y sociales, cuando algún día se alcance algo parecido a la recuperación económica, el sistema en el que vivirán los ciudadanos del futuro será muy diferente de la economía social de mercado que durante tantos años vendió el capitalismo como imagen (que no como realidad) de su modelo social.

 

 

8.- Epílogo.

 

 

En la primavera de este año 2010, en el momento álgido de la especulación financiera contra la deuda del Reino de España, el primer ministro, José Luis Rodríguez Zapatero, se lamentaba de la maldad de los bancos que especulaban con la deuda de los estados del sur de Europa después de haber sido rescatados con dinero público. El tono, dolido y apenado, parecía representar la reacción de alguien que descubre, con tristeza, el carácter despiadado y voraz de algo que hasta el momento había considerado una institución benéfica.

 

 

Como en aquel famoso chiste de los rusos que hablaban sobre las enseñanzas que había transmitido el comunismo, la socialdemocracia europea se dedicó durante muchos años a convencer a la ciudadanía de que todo lo que decía el comunismo sobre sí mismo era mentira. En esa tarea gastó muchos esfuerzos y obtuvo un notable éxito: no es difícil convencer a la gente de algo que se corresponde con la realidad.

 

 

Ahora, sin embargo, parecen haber descubierto con amargura lo mismo que ya sabían aquellos rusos: que todo lo que decían del capitalismo era verdad.

 

 

Bienvenidos al modelo clásico.

 

 

Jesús Rodríguez Barrio es profesor de Análisis Económico en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) en Madrid.

 

 
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