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Decir lesbiana, gritar tortillera (Sobre los fundamentos del fallo que condenó al asesino de Pepa Gaitán) Imprimir E-mail
Lunes, 29 de Agosto de 2011 19:30
Juan Manuel Burgos / Suplemento Soy

Lógicamente humanizarla implica una supresión, depurar eso de monstruo, de enferma, de criminal, de perversa que tenía. Reconocerla humana implica desconocerla como lesbiana y como machona. Su madre lo dice clarito: la mataron como a un animal (como a una lesbiana).

“Se mató a una persona, independientemente de si era mujer o si era masculina o de sus preferencias sexuales... no sé qué esperan estas agrupaciones. Se mató a un ser humano y eso es lo que se debe juzgar”, comentaba una usuaria bajo el nickname madre_y_esposa en el foro virtual de un periódico cordobés. Del total de los mensajes posteados en tal plaza virtual, lejos de aquellos absurdamente fóbicos, piadosa y compasivamente católicos o activamente militantes, éste es el que obliga a ciertas preguntas: ¿La vida y la existencia de las personas son independientes del género en el que éstas se identifican, del modo en que lo expresan y de los deseos que suscitan? ¿Se puede pensar en un ser humano obviando la materialidad del cuerpo que porta dicha humanidad y de la lengua que la nombra o que no la nombra?

Tan indisolubles devienen estas configuraciones identitarias de aquellos cuerpos que las encarnan, que a lo largo de todo el juicio contra Daniel Torres por el asesinato de la Pepa Gaitán ni la querella, ni el fiscal, ni la defensa pudieron hacer la vista gorda de la orientación sexual lesbiana y la expresión de género masculina de la víctima. Claro que con motivos muy diferentes: mientras la querella buscaba visibilizar la lesbofobia axiomática del crimen (y se pronunciaba, como expresó la querellante Graciela Vásquez orgullosa del lesbianismo de la Pepa), el fiscal Fernando Amoedo intentó desarticular tales especificidades proponiendo que sólo hubo violencia de género y que no podía comprobarse que se tratara de “discriminación por preferencia sexual”. Finalmente, César Lapascua, el abogado defensor, pretendió criminalizar todos los rasgos de masculinidad presentes en la víctima, invirtiendo en sus argumentaciones los roles víctima-victimario al punto que fue necesario recordarle en varias oportunidades que el juicio “no se trata(ba) de una cacería de brujas” y que “no se está(ba) juzgando a la víctima sino al imputado”. ¿Qué es lo que resulta tan amenazador en ser un tortón, una mujer-macho, un chongo, que anima a una mitad de la sociedad a estigmatizar, perseguir y torturar nuestras identidades y a la otra mitad le impide pronunciar siquiera la palabra lesbiana?

Lógicamente humanizarla implica una supresión, depurar eso de monstruo, de enferma, de criminal, de perversa que tenía. Reconocerla humana implica desconocerla como lesbiana y como machona. Su madre lo dice clarito: la mataron como a un animal (como a una lesbiana).

Y en este punto la ablución que hacen tanto el fiscal Amoedo como madre_y_esposa al referirse a la “preferencia sexual” de la víctima es una operación más de lesbofobia. Decía Adrienne Rich que “en un mundo donde el lenguaje y el nombrar las cosas es poder, el silencio es opresión y violencia”. La masculinidad y la orientación sexual de la Pepa no eran sólo una preferencia, ni una práctica íntima y privada, eran un rasgo innegable y fundamental de la construcción de su identidad, fueron los motivos por los cuales fue expulsada del sistema educativo, era detenida con frecuencia por la policía cuando caminaba por el centro, la razón por la que no conseguía trabajo. Lo que al fiscal se le escapa al sostener que hubo violencia de género pero no lesbofobia es que género no es sinónimo de mujer ni lesbiana es simplemente un atributo, una práctica o una preferencia. Siguiendo a Monique Wittig recordaremos que “lesbiana es un concepto que está más allá de las categorías de sexo, porque el sujeto-lesbiana no es una mujer en el sentido económico, ni político, ni religioso”. Y con esto no quiero desconocer a todas aquellas que sin politizar la categoría lesbiana la consideran una práctica sexual más en sus vidas, en ese sentido claro que es posible que madre_y_esposa sea además una mujer con prácticas o preferencias sodomitas, en ese punto la categoría no es excluyente. Lo que sí es fundamental reconocer es que algunas existencias lésbicas parecen poner evidencia y sacar a la luz las mayores miserias y contradicciones del régimen heterosexual.

El martes 23 de esta semana se conocieron los fundamentos con los que se sentencia a Daniel Torres por el homicidio de la Pepa Gaitán. Los vocales hablan de preferencia, orientación y condición sexual, de relación afectiva y sentimental, de apariencia masculina. La palabra lesbiana no se desprende del puño de ninguno de ellos, más que para citar textualmente las declaraciones de la mamá de la víctima, y sólo uno menciona la palabra lesbofobia para desacreditar su pertinencia por falta de pruebas fehacientes. Sin embargo, que un juez pueda nombrarla implica que la lesbofobia está siendo reconocida, que la violencia que hemos intentado demostrar ha sido revisada, que puede instaurarse como problemática en el ámbito jurídico, que existe y que ese reconocimiento nos habilita a seguir revisando cómo opera. madre_y_esposa se preguntaba qué esperamos las agrupaciones con todo esto, y no puedo dejar de pensar en esa frase estencileada que dice: “Si juntas gritamos tortillera se acaban el miedo, la muerte y el silencio”, porque lo que esperamos es justicia y como predicaba una poeta en el desierto neuquino: “Justicia es que no vuelva a ocurrir”.

 
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