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No hay límite: los “especialistas” tienen explicaciones cada vez más absurdas para la crisis financiera Imprimir E-mail
Miércoles, 07 de Septiembre de 2011 18:03

Alexander Schimmelbusch en Sin Permiso

La edición de septiembre de Vanity Fair ha superado todo lo visto. El periodista estrella Michael Lewis, especialista en economía, explicó en el último número que el papel desempeñado por los alemanes en la crisis financiera está relacionado con su fijación anal.

La fijación anal de los alemanes, según Michael Lewis en su artículo sobre el papel de Alemania en la crisis financiera mundial, estaría nada menos que detrás de su “extraordinaria capacidad para la técnica”, que se remontaría a la prolongada fase anal de los niños alemanes y sus meditabundos análisis sobre sus propios excrementos. Traumas como éste habrían grabado a fuego en el espíritu alemán una manía higiénica enfermiza, que también explicaría, por cierto, su inclinación histórica a la eugenesia racial asesina. El reverso psicológico de este fenómeno es un amor reprimido hacia las heces, también compartido por Adolf Hitler, el cual –nomen est omen– dejaba que Eva Braun se le dejase hacer encima. Hitler personificaría así la quintaesencia de lo germánico: la compulsión higiénica tras la que se esconde el fetichismo excrementicio.

Como prueba de este fetichismo Lewis echa mano rápidamente del idioma, en el que la coprofilia se manifiesta en un torrente de palabras y expresiones con connotaciones anales: 'cagarle a alguien' (Bescheißen), 'cagada' (Kackwurst), 'importar una mierda' (Scheißegal), 'chúpame el culo' (Scheißegal) y 'culo espabilado' (Klugscheißer) entre otras; una lista, sin embargo, que se podría continuar a voluntad en inglés: 'to shoot the shit' (parlotear), 'up shit creek' (muy lejos), 'to get shitfaced' (emborracharse), 'don't shit where you eat' (no llevarse asuntos laborales, especialmente turbios, a casa), 'to get your shit together' (tomarse un descanso), 'in the middle of a shit storm' (encontrarse en una situación difícil), 'to kick the shit out of someone' (pegarle una paliza a alguien).

Fijación por las reglas

La tesis de Lewis en torno a la fijación anal poco convencional de los alemanes es, claro está, 'bullshit', y podría entrar también en el terreno de la 'ebonics' [término disputado que se refiere al estudio lenguaje empleado por los descendientes de esclavos negros en Norteamérica, N.T.], donde el lenguaje de la elite afroamericana del entretenimiento en la música hip hop –un lenguaje, dicho sea de paso, ya aceptable académicamente– termina cada adjetivo con el sufijo “ass”. Así, alguien muy idiota en 'ebonics' no es un 'stupid idiot', sino un 'stupid-ass idiot', donde el adjetivo ya no se refiere más al idiota, sino a su culo. Como el supuesto fetichismo fecal de los alemanes no alcanza a explicar el rol de los alemanes en la actual crisis financiera, Lewis recurre al sufrido y consabido amor alemán por el orden, también en los mercados financieros. Los banqueros alemanes son, en consecuencia, tipos honestos, humildes y libres de una ambición para hacerse ricos a costa de la comunidad que pueda terminar por consumirlos. Creánselo o no, pero cita, por ejemplo, a Klaus-Peter Müller, el ex presidente del Commerzbank, sobre las primas de los ejecutivos: “¿Por qué debería pagarle a un agente de bolsa de 32 años 20 millones de dólares? Al fin y al cabo, utiliza nuestros despachos y nuestros ordenadores y tiene una tarjeta de visita con un fantástico nombre encima del suyo propio. Si le quitase todo eso, seguramente estaría vendiendo perritos calientes.”  

Pero pese a toda su humildad, resulta que los banqueros alemanes son ingenuos y tontos. Ponerse a jugar con el dinero de otros, eso no pueden hacerlo, claro que no. Y cuando quisieron jugar en la fase de boom del mercado hipotecario, los fuleros de Wall Street sencillamente les sacaron todos los cuartos vaciándoles los bolsillos. La avaricia no es su destino. Lo es el amor por las normas. Si un paquete de aquellos que apestaba a cien leguas de préstamos subprime llevaba una calificación oficial de AAA, entonces los alemanes de ojos azules y amantes del orden lo aceptaban como libre de riesgo.

El antisemitismo también

En Islandia, Irlanda y los Estados Unidos, recapitula Lewis como parte del desastre financiero, han perdido los alemanes un sinfín de miles de millones en las últimas décadas, no sólo con el broker de Wall Street y estafador multimillonario Bernie Madoff, a quien se refiere en la siguiente frase sobre el estado de salud de nuestro sistema financiero: “quizá la única ventaja de que el sistema financiero alemán no tenga ya ningún judío”. Es digno de mención que una polémica con este grado de rudeza haya conseguido pasar la censura de Graydon Carter, el redactor jefe de Vanity Fair, quien presenta todos los artículos de cada edición en su editorial y del texto sobre Alemania no dice ni una palabra. También es digno de mención que Michael Lewis, desde hace dos décadas entre los periodistas económicos estadounidenses más interesantes –Liar's Poker, su libro sobre su etapa como trabajador en un banco de inversión, es un clásico–, se haya vuelto completamente loco. Si insinúa que el orgullo de los alemanes hacia los espárragos blancos producidos en el país es un indicio de sus sentimientos arios, entonces ¿el espárrago verde de qué lo sería? ¿De los marcianos? Lewis argumenta todo esto de manera subjetiva, como si alguien le hubiera dejado libre por casa al cantante de Rammstein para llevar a cabo los reglamentarios juegos fecales. Su definición del espíritu nacional alemán es prácticamente un estereotipo. Como definir a un americano como alguien que, asfixiado por las deudas y aplatanado en su sofá, aplaude la pena de muerte, no lee ni un diario y está perdidamente enamorado de las armas.

Alexander Schimmelbusch es escritor y colabora regularmente con el semanario alemán Freitag. Su última novela es Blut im Wasser (Blumenbar, 2009).

Traducción para www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero

 

 
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