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La resurrección de Chavela Vargas Imprimir E-mail
Martes, 07 de Agosto de 2012 15:35

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Marianne Ponsford / Cromos

Chavela Vargas, la partida de una grande del canto y de la vida. 

 

En noviembre de 1990, Chavela Vargas se levantó una mañana con un guayabo atroz. “En lo único en que pensaba era en que la cantina estaba cerrada. Salí a la puerta de la casa y por el empedrado venía un arriero. Ay amigo, no tendrá usted un tequilita, le pregunté”. Y él, con cara de pena, le pasó una botella. El cuerpo le reverberó. Habían pasado casi veinte años desde su último concierto.

Por esos días, Mercedes Sosa dijo en un escenario: “Si alguien pasa por México, que ponga una rosa de mi parte en la tumba de Chavela Vargas”. Y es que todo el mundo creía que Chavela estaba muerta. La verdad, no estaba tan lejos de la realidad. Muerta en vida, ahogándose en tequila, sin voz, y tan pobre, que vivía en un cuartito en Aguatepec, a una hora de Ciudad de México, en la casa de quien décadas atrás había sido su empleada doméstica.

Chavela se levantaba al mediodía y comenzaba a beber de a raticos hasta que se acabara la noche. Ella dice ahora que si a sus sesenta y pico de años está tan bien, es porque su cuerpo se ha conservado en alcohol. Pasé veinte años borracha y la gente se olvidó de mí. Me tomé cuarenta y cinco mil litros de tequila. Y poco importa cómo haya hecho las cuentas. Atrás habían quedado sus míticos escándalos con José Alfredo Jiménez y Jorge Negrete, cuando iba, pistola en mano y a caballo, por plena Avenida de Insurgentes en Ciudad de México. Cuando se saltaba la tapia de la casa presidencial a medianoche, para echarse unos traguitos con el presidente. Cuando dicen que mató a un hombre y pasó un tiempo a la sombra por ello. Cuando vivía de parranda en parranda, o mejor, cuando Chavela Vargas era la parranda.

Chavela Vargas tuvo el primer Jaguar E type que conoció México. Lo estrelló de frente contra un árbol en la carretera México-Cuernavaca, y de pasó se arrancó la piel desde la raíz del pelo hasta dejar al descubierto casi todo el cráneo. No iba muy sobria que digamos. Fue la primera mujer en ponerse pantalones. Fue la primera mujer en ponerse pantalones en el país de lo mero mero macho, y en declarar públicamente que no le gustaban los hombres.

Se enamoró de Grace Nelly cuando ésta aún no se había casado con Rainiero, por las épocas en que Chavela hizo su aparición en Hollywood en los años cincuenta. Se enamoró también de la princesa Soraya, tras una cena en Teherán en el Palacio del Sha. Los rumores, que ella ni confirma ni desmiente, dicen que sus amores no fueron tan mal correspondidos.

Vivió en casa de Diego Rivera y Frida Kahlo, antes de la muerte de Frida en el 54. Estuvo en Cuba con el poeta Nicolás Guillén, y allí nacieron los ya emblemáticos versos de “Ponme la mano aquí, Macorina”, que luego volvería canción Alfonso Camín, y que uno escucha sin saber si la mano va a empuñar un fusil, una guitarra, o agarrar un pedazo de caliente anatomía. Así la escuchaban los guerrilleros centroamericanos metidos en el monte en los años sesenta, cuando todo era distinto, cuando las cosas aún no habían perdido el sentido y todavía existía la esperanza de lo distinto.

Un día un periódico mexicano anunció por primera vez una noche de eclipse de luna, y Chavela decidió que quería verlo desde un ángulo distinto: lo vio, finalmente, desde un paracaídas. Y es que medio México se acuerda todavía de “los Chavelazos”. Rigurosamente inciertos, los sucesos de su vida han ido tejiendo la leyenda, gracias a su voz magistral, una voz que conoció la fama y la despreció: “Yo he ganado dinero para comprarme un mundo más bonito que este. Pero todo
lo aviento porque quiero morirme como muere mi pueblo”.

Al preguntarle por Colombia, a quien primero recuerda es a López Michelsen. En los años setenta, ella cree recordar que pasó una noche borracha, cantando con el señor presidente debajo de una mesa en el Hotel Tequendama. Pero no es de los setenta su amistad con López.

Viene de mucho más lejos, de cuando López Michelsen vivía en México y se emparrandaban juntos hasta el último destello del amanecer. “Ay, el alcohol. El alcohol te hunde en unas profundidades espantosas. Mi vida estuvo sembrada de estrellas… y yo me empeñé en los guijarros y las caídas”.

Cómo sería el guayabo de aquella mañana de noviembre que Chavela decidió que ya estaba bien de beber. Unos meses más tarde, logró un pequeño contrato para volver a cantar en un bar restaurante de moda en el D.F. llamado “El hábito”. Allí la fue a ver el editor español Manuel Arroyo en el verano del 92. Él cuenta su parte de la historia: “En las mesas los clientes estaban todos borrachos. Gritaban cuando Chavela cantaba, comían y hacían ruido, aquello era un espectáculo triste. Arroyo le pedía sin cesar, entre canción y canción, que cantara Las ciudades. Y Chavela pensaba: “¿Quién será este huerito de la chingada?” “¡¡¡Las zzziudades, Chavela, Las zzziudaes!!!”, volvía a pedir el huero gachupín. Ella no la cantó. Entonces, en un descanso, Arroyo se le metió al camerino y, entequilado como la ocasión merecía, se hincó de rodillas y le dijo: “Chavela, vente a España. Vente que allá sí te quieren”.

Ella, claro, no le creyó. Pero el editor cumplió su promesa, y aunque jamás había tenido contactos en un mundo que no fuera el de los libros, movió cielo y tierra en España y logró un concierto para Chavela en el Teatro Lope de Vega de Sevilla. Logró que Iberia pusiera los pasajes. Logró que la mítica residencia de estudiantes, donde habían vivido Lorca y Dalí en los años veinte, la alojara durante lo que vino a ser una de sus muchas estancias en Madrid.

El director de cine Pedro Almodóvar no se lo podía creer. Él, que adoraba a Chavela, que junto con Bola de Nieve y Edith Piaf la consideraba una de las tres voces dramáticas del siglo veinte, no había podido encontrarla cuando quiso grabar Piensa en mí, el tema de su película Tacones lejanos. Por eso le pidió a Luz Casal que la cantara. Ahora tenía a Chavela delante de sus ojos. Ahora Chavela iba a cantar en el teatro con más garbo y abolengo de toda España.

Todos estaban nerviosos. ¿Se venderían las boletas? ¿Se acordaría la gente de Chavela? Al fin y al cabo, habían pasado veinte años desde que, bajo el negro ocaso de la dictadura franquista, la gente escuchaba a escondidas las canciones de Chavela, prohibidas por él régimen. Apenas si habían tenido tiempo de anunciarla –cero prensa, cero publicidad–; el teatro fue prestado por una noche, y sólo porque se había cancelado la representación de la ópera de turno. Llegaron a Sevilla al atardecer, y su cielo irrepetible, azul lleno de luz hasta la última hora, azul metiéndose por entre el perfil dentado de la Torre de la Giralda, por entre la cúpula de la catedral y la iglesia de San Clemente, les dio la primera bienvenida.

De las boletas no quedó ni una. A las ocho de la noche en punto, el teatro se iba a reventar. Chavela siempre canta acompañada de dos solitarias guitarras. Vestidos ellos todo de negro. La flanquean discretamente en las dos puntas del escenario en penumbra. Apenas si se ven. Así salió aquella noche de octubre del 92 al escenario desnudo, con su pelo completamente blanco, con su huipil negro y rojo, con su intensa mirada de culebra, y abrió los brazos como un Cristo.

Entonces todo parecía otra cosa. No un teatro sino un cuadro de Malevich, como dijo aquella noche el pintor mallorquín Miguel Barceló.

Y Chavela, la menudita Chavela, sacó un ronco vozarrón imposible para una mujer de setenta años, un vozarrón hondo y cuarteado por la vida, sabio y ebrio de vida: Tú me pediste amor y yo te quise, tú me pediste mi vida y te la di. Si al fin de cuentas, te vas, pos anda y vete queee laaa tristeza me lleva igual que a ti. El Lope de Vega casi se viene abajo. La gente de Sevilla, toda engalanada, enloqueció. Le gritaban desde la platea y los balcones: ¡Guapa, Chavela, guapísima! Y Chavela, quédate aquí y algún pasado de emoción: ¡Viva la madre que te pariooó, Chavela Vargas! Al final del concierto, la gente, a pesar de las manos enrojecidas de tanto aplaudir, empezó a dar palmas por bulerías. Como si hubiese sido ensayado, Sevilla entera le rendía al unísono su homenaje gitano. Daban ganas de echarse a llorar. Chavela los miraba. Y cuando agarró de nuevo el micrófono se hizo el silencio.

Entonces ella dijo: “Gracias, amigos. Gracias por estar todavía aquí. Porque…, ¿qué amante espera veinte años?”

En los años siguientes, Chavela recorrió toda España. Las boletas para sus conciertos se agotaron en todas partes. La prensa, la televisión, la radio, no la dejaban en paz. La invitaron al Festival de Edimburgo y de Montraux. Grabó cuatro discos, con canciones nuevas y viejas (y entre las nuevas, una versión hermosísima de Las simples cosas). Habló del amor, de la vida, y de la muerte. “La vida es bellísima, pero la muerte también es hermosa. Yo he dicho muchas veces que voy a ir a mi propio velorio, pero a burlarme de mí. La verdad, yo no creo en la muerte… La muerte siempre ha andado conmigo, (y empieza a canturrear)… la muerte cantando por toditas las cantinas…, en qué quedamos, pelona, ¡me llevas o yo te llevo!” Chavela no entiende por qué le han puesto el color negro a la muerte. “Es un poco ridículo, el negro es un color muy elegante, muy bonito para los cocteles, pero la muerte no tiene ningún color. Si acaso, su color puede ser el amarillo, el de la flor cempazúchil, esa que revienta el primero de noviembre a las doce de la noche… Yo no sé por qué a alguna gente le duele tanto la muerte, porque ¿qué duele más, una muerte o perder un amor? A veces uno piensa, yo prefiero que ese esté muerto a que me traicione.


“Yo soy una de esas gentes que prefieren amar a que la amen. Pero uno tiene que dar las gracias porque lo quieran. Ay, qué difícil es el amor. Es más fácil que a uno lo dejen que tener que dejar a alguien. Yo he llorado más por tener que alejarme. Para mí, un hombre que llore es muy valiente. Y una mujer para llorar tiene que ser muy mujer. Lloramos porque nos arden los ojos, por el humo del cigarro. O quizás por el rimmel, pero nadie sabe cuándo una mujer llora de verdad. Son de otro color las lágrimas. Es un collar de lágrimas, de lágrimas blancas, lo que echas pa’ fuera”.

Dio dos conciertos soberbios, a finales de julio del 93 en la Plaza del Rey, una de las más bellas de toda Barcelona, encerrada bajo los altos muros del histórico Salón de Tinell, de la iglesia de Santa Ágata, y de los Palacios de Llonctinet y Padellás, pero con un rectángulo de cielo negro de verano desgajándose a horcajadas desde arriba. La noche del segundo concierto cantó como nunca, y ella dice que fue porque la magia del lugar la embrujó. Y es que era cierto. Desde abajo, uno no sabía si por aquella puerta rematada con un arco de piedra, iba a salir a cantar Chavela Vargas o iba a hacer una súbita aparición el fantasma de Cristóbal Colón.

Y cumplió el sueño de su vida: ir a París, a cantar en el Olympia, en julio del 95. A pararse en el sitio exacto donde había estado Edith Piaf. Ella recuerda que aquella noche, cuando salió al escenario, bajo unos focos demasiado intensos, que la enceguecían, pudo ver algo así como una radiografía de su cuerpo. Pero con todas las venas y con toda la sangre. Con todos los nervios y músculos con tensión. Fue una imagen rápida, la luz de un flash. Y con las ganas reventando en su garganta, comenzó a cantar, como sólo ella sabe cantar: Tómate esta botella conmigo, y en el último trago nos vamos. Quiero ver a qué sabe tu olvido, sin poner en mis ojos tus manos. Esta noche no voy a rogarte, esta noche te vas de adeveras. Qué difícil tener que dejarte, sin que sienta que ya no me quieres. Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores. Otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores.

Logró otro sueño; construirse una casa en “La isla”, un pequeño caserío playero cerca de San Joaquín de Flores en su Costa Rica natal, donde vive aún su hermana y única pariente viva.

Por último, hace dos años dio un concierto en el Teatro de Bellas Artes del D. F., al que asistió todo el México dirigente. Le entregaron las llaves de la ciudad. Le rindieron honores por aquí y por allá. Ahora que otra vez había triunfado afuera, ahora que Joaquín Sabina le había escrito su mejor canción, ahora que Almodóvar hablaba de ella sin cesar, ahora que desde García Márquez hasta Isabel Preysler hacían cola para cenar con ella en Madrid en casa de la diseñadora Elena Benarroch, México volvía a acordarse de su Chavela.
Volvía a emborracharse con su voz descomunal. Ella los acompañaba con una lejana sonrisa de medio lado y un vasito de coca-cola entre las manos.


¿Adiós? Noo, nunca se dice adiós. Se dice: Te amo.



*Con esta crónica que cuenta el regreso de la cantante Chavela Vargas a los escenarios, Marianne Ponsford se ganó el Premio Simón Bolvar de Periodismo. Un relato emotivo sobre un dolor del que el mundo volvió a acordarse cuando ya todos pensaban que estaba muerta.


Última actualización el Martes, 07 de Agosto de 2012 16:14
 
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