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Lunes, 17 de Septiembre de 2012 16:32

Mabel Bellucci

Autogestiva e ignorada en su época, la revista Persona dio cuenta de los primeros debates sobre el aborto en nuestro país, las prédicas por las que atravesó una lucha que tuvo que reinventarse mil veces en función de la evolución del movimiento, las corrientes extranjeras y los enemigos de turno.

En sintonía con sus investigaciones sobre el feminismo en la Argentina, aquí un adelanto del nuevo libro de la activista queer Mabel Bellucci sobre la pelea por el derecho al aborto en Argentina, personificada, en este caso, en la directora de aquella publicación, María Elena Oddone.

Hablar de la revista Persona trae a cuento la historia de un proyecto armado desde las entrañas, un testimonio gráfico de los sucesos feministas de los años setenta de la Argentina. Nació en agosto de 1974 y persistió hasta 1982. Con mano férrea y sin olvidar detalle alguno, dicha publicación variada y poliforma estuvo dirigida por María Elena Oddone, alma mater del Movimiento de Liberación Femenina (MLF). Esta, junto con la Unión Feminista Argentina (UFA), fueron las primeras organizaciones feministas que asomaron en ese Buenos Aires convulsionado por la proliferación de acontecimientos revolucionarios en un intento de abrir la senda hacia un nuevo orden.

Oddone llamó de esa manera a su revista como un gesto reivindicativo frente a un avasallamiento a su dignidad: cuando su ex marido le faltaba al respeto, ella le respondía que era una persona y no una cosa. Así quedó plasmado en su autobiografía Pasión por la libertad. Memorias de una feminista, de 2001.

De algún modo, Persona fue pensada como un proyecto político amplio, candelero que se llevaban otras publicaciones sagradas, insertas en las coordenadas de su tiempo. Frente al rol hegemónico de Contorno, El Escarabajo de Oro, Los Libros, Envido y Crisis, esta revista no logró estimular la necesidad y hasta la exigencia de su lectura más allá de los confines feministas. Por lo tanto, se la ignoró a modo de texto crítico cultural feminista. Es más, cuando se nombran las publicaciones de época, tanto en ese pasado como en este presente, aún no se la incorpora en sintonía con sus contemporáneas. Al parecer no hubo registro de su existencia por las célebres amnesias de la progresía intelectual, seducida en especial por los overoles viriles o el hermetismo académico y también por la pereza de ensanchar las fronteras de su propio corpus.

Su público se centraba básicamente en la juventud y en las mujeres de sectores medios ilustrados. Tenía como objetivo salir mensualmente. Pese a ello, apareció de tanto en tanto y con una escasa tirada. Para esa década significó una de las primeras manifestaciones culturales y políticas de cuño feminista. Por ser un emprendimiento autogestivo, asombró la supervivencia que tuvo a lo largo de catorce números. Pasado un tiempo, se la consideró como otro clamor más que resistía en aquellos lúgubres días del terrorismo de Estado.
EN PRIMERA PERSONA

En cuanto a su contenido, levantaba las banderas más solicitadas durante esa coyuntura: patria potestad compartida, métodos anticonceptivos, despenalización del aborto, divorcio vincular, familia patriarcal, violación y abuso sexual, maternidad forzada, trabajo doméstico invisible, prostitución... sin olvidar, por cierto, violencia conyugal.

En su discurso primaba la impugnación tanto de la esfera pública, en su cuestionamiento al Estado, los partidos políticos y a la Iglesia, como de la privada, en su propuesta por quebrantar el sistema de roles desiguales, así como también desvincular el placer sexual de la fecundación biológica. No obstante, hubo una escasa presentación de artículos en torno de la ilegalidad del aborto entendido como un derecho de las mujeres sobre el control de su cuerpo y la reproducción acorde con los planteos de los feminismos centrales. Por ejemplo, en el primer número apareció un editorial dedicado a rebatir con firmeza las convenciones constitutivas de la maternidad tradicional. Por lo que se infiere, el interés estaba puesto en refutar más la esfera familiar y la maternidad normativa que el aborto. Cabe pensar que emergía aquí una lucha de sentido entre la maternidad clásica –sin limitación reproductiva– y la nueva maternidad –con limitación planificada– y fue en ese campo donde se concentró la mirada de Persona. A partir de tal planteo, el derecho a interrumpir un embarazo quedó subsumido dentro de las disquisiciones concernientes a la legitimidad o ilegitimidad del uso de métodos anticonceptivos, en especial, la píldora oral.

La libre opción de las parejas en torno de su fertilidad constituía una apuesta de resistencia, al ser un flanco de embate tanto por los objetivos demográficos por parte del Estado como por los imperativos ideológicos a constituir una familia monógama y heterosexual, sea desde la lógica revolucionaria o desde el poder del régimen político.

El clima de recelo con respecto a la pastilla prosiguió su rumbo cuando se hizo público que los testeos implementados por los laboratorios estadounidenses se llevaban a cabo con poblaciones pobres del continente y con la comunidad negra en Harlem. Inclusive, en ciertas feministas azotó un resquemor a la hora de reivindicar el uso de la píldora por más que fuese el primer método contraceptivo que suministraba una independencia plena a las mujeres, lejos de la aprobación masculina. Así, al dar su consentimiento pesó más en ellas saber que se empleaban cuerpos femeninos como conejillos de Indias. Se percibía entonces con cierta suspicacia a la contracepción y al aborto, entendidos como estrategias de dominio imperialista por parte de Estados Unidos sobre el Tercer Mundo. Por consiguiente, se combatían todos aquellos discursos que se centraban en torno de la planificación familiar, aunque los sectores de la derecha conservadora y católica aún carecían de fundamentos sólidos para una contraofensiva tal como se la conoce en el presente. En cuanto al relato feminista, no partían de un montaje teórico armado para anunciar el tema en sociedad. Por ello, fue objeto de disputas el empleo de nuevas tecnologías anticonceptivas al verse al mismo tiempo como un arma del imperialismo o como un símbolo de la liberación femenina.

En febrero de 1974, el Grupo Política Sexual (GPS) –constituido por el MLF, la UFA, el Frente de Liberación Homosexual (FLH) junto con la Asociación de Mujeres Socialistas y unos pocos heterosexuales “concientizados”– realizó una movilización por las calles de Buenos Aires para repudiar la norma que prohibía las actividades destinadas a la información, difusión y venta libre de métodos anticonceptivos en hospitales públicos, con el cierre de sesenta servicios de planificación familiar. El decreto presidencial 659/74 –firmado por Juan Perón y José López Rega, como ministro de Bienestar Social– consideraba “que frente a la persistencia de los bajos índices de crecimiento de la población constituye una amenaza que compromete seriamente aspectos fundamentales del futuro de la República (...)”. Haber sido esos años una etapa belicosa contra los discursos y experiencias de regular de manera voluntaria la natalidad permite entender la elección de Persona entre un tema y otro. Lo cierto fue que a principios de los setenta aún no asomaba a nivel local una discusión abierta y explícita sobre la violencia de la ilegalidad del aborto y, si se presentaba, se hacía, en la mayoría de los casos, a partir de proclamas de trinchera por parte de aquellas primerizas. Si bien Oddone introducía frentes de tormenta en las agendas mediáticas relativos a tales restricciones, no sucedió lo mismo en Persona. Ella no se arrojó a la escritura para condenar los pesares de una maternidad no deseada de la misma manera y con la intensidad con que lo hizo cuando era entrevistada por la prensa gráfica o por la televisión. Tampoco tradujo lo que se editaba en otros países. Unicamente, en junio de 1981, se publicó un extenso escrito sobre las luchas por la conquista del derecho al aborto en Italia. El mismo carecía de todo tipo de referencias. Un hecho bastante frecuente en una revista realizada a pulmón dirigida a un público activista.

Todo este flujo de corrientes de transferencias feministas podría ser revisado como una expresión más del colonialismo, en tanto movimiento de unificación del mundo a partir de la mirada civilizatoria de Europa primero y de Estados Unidos después. Desde este punto de vista, dicha crítica no resulta ajena frente a este mecanismo del rostro culto que aporta el conocimiento a pueblos que carecen de él. De igual forma, las comprometidas en editar esta revista lograron volcar un contenido no sólo para analizar la sociedad en la que les tocaba vivir, sino también sus propias condiciones de dominación y subalternidad.
MI CUERPO ES MIO

Al consultar a Oddone por la ausencia en Persona de materiales relacionados con el aborto, ella respondió desconocer los motivos que la llevaron a comprometerse más con otros derechos de las mujeres. Esta situación puntual no hace más que revelar las contrariedades que encerraba la militancia en aquellos años. Con todo, es imposible omitir sus permanentes intervenciones públicas, así como también su pleno compromiso en abrir paso a este conflicto social que representa la ilegalidad del aborto. Es verdad que, para sustentar un debate que supere el estado punitivo en el que se encuentra incluso hoy el aborto, se requiere de ciertas herramientas conceptuales y todavía éstos eran tiempos áridos para configuraciones argumentativas que desocultasen las faltas de garantías de vida de las abortantes en los circuitos clandestinos. Por otra parte, hasta ese momento no hubo una apropiación de la palabra por parte de las feministas locales que desencadenasen escritos que reivindicaran la libertad de gestionar la propia sexualidad. A diferencia de lo que acontecía en el Norte, en donde colectivos feministas bajo el grito de lucha “Mi cuerpo es mío” tomaban las calles para dar una de las tantas batallas que quedaban por ganar. Asimismo, se abocaron de lleno tanto al tratamiento público para rebatir las condenas de quienes habían abortado como para fundar consultorios y centros de asesoramiento sobre métodos anticonceptivos donde se realizaban abortos gratuitos, como en Nueva York, Chicago, San Francisco, Londres, Roma, Milán y París.

En medio de toda esta exaltación femenina mundial, hacia fines de los setenta, en Persona se publicó un contado número de artículos concernientes a dicha temática. Pese a no haber sido tantos, la trascendencia de los mismos radicó en la elaboración de premisas que tras el tiempo transcurrido aún mantienen el ánimo en puja. Basta nombrar “Muerte por aborto”, escrito por María Celia Roldán y publicado en noviembre de 1980. El fuerte de su matriz se centró en identificar la ilegalidad de la práctica abortiva con el ejercicio de la pena de muerte, dirigida a las que interrumpen voluntariamente un embarazo. De igual forma, señalaba que “las mujeres jamás consultadas en nada dan su opinión abortando. Diciendo NO a la maternidad compulsiva. Con la negación a la maternidad las mujeres se rebelan contra una sociedad despiadadamente cruel que gasta más en armamentos que en comida y en educación”.

Apenas emprendido el recorrido de la revista, comenzaron a colaborar figuras con una relevante participación en las incipientes movidas feministas. Fue tanto en la autoría de los escritos, en la gráfica como en la corrección de estilo. A partir de 1974 en adelante, estas mujeres mantuvieron la inventiva de la escritura a modo de resistencia cultural. Eran aquellas que después, con la embestida de la feroz dictadura militar, padecieron el exilio interno refugiadas en la cultura de catacumbas –reuniones cerradas de estudio en casas particulares volcadas a profundizar toda línea de pensamiento–. De las tantas que participaron se recuerda a Graciela Sikos, Ana María Fernández, Inés Cano, Mirta Botta, Sara Rioja, Alicia D’ Amico, Sara Facio, Hilda Rais, Dionisia Fontán, Lidia Otero, Felisa Pinto, María Isabel Constela, María Elena Walsh. La potencia de la pluma del poeta y ensayista Néstor Perlongher, que firmaba bajo el apodo de Víctor Bosch, acreditó su pináculo de gloria. Asimismo, para nutrir de una calidad eximia a un envase casero, recopilaban ensayos de Adrienne Rich, Juliet Mitchell, Kate Millet, Valerie Sinason, Susan Sontag y, a la vez, reproducían artículos extraídos de los suplementos culturales tanto de los diarios La Nación como de La Prensa. Así, trabajos de Alicia Jurado, Manuel Puig, Victoria Ocampo y otros escritores de estampa de la literatura argentina fueron reeditados in extenso.

Ilse Fuskova, la primera lesbiana que salió del closet y fundó Convocatoria Lesbiana, recuerda que en su casa leían el diario Buenos Aires Herald, el único medio gráfico que acompañó a los organismos de Derechos Humanos al publicar las listas de las personas desaparecidas. Allí, en mayo de 1978, en la contratapa apareció un pequeño recuadro que promocionaba a la revista Persona y abajo un número de teléfono. De inmediato, Ilse llamó y del otro lado escuchó la voz de María Elena. A partir de percibir una trama en común, sus encuentros se intensificaron con el cruce de registros de las experiencias vividas.
EL TERRENITO VERDE DE LA ESPERANZA

Ahora bien, como toda publicación amateur, el sostén económico representaba un problema. Sin embargo, hubo soluciones para todo: aparte de los aportes que fluían generosamente del bolsillo de la Oddone, se recurría a las suscripciones. Otro atajo fue organizar tertulias cinéfilas feministas llamadas “La Mujer en el Cine” en una sala en pleno corazón de la ciudad, entre Lavalle y Paraná. También la colocación de avisos de asesoramiento legal y jurídico de abogadas distinguidas en el ambiente aportaba su granito. A la vez, Persona garantizaba una sección permanente sobre reseñas de libros recién salidos del horno, ya fuera en el mercado nacional como en el internacional, para difundir la bibliografía literaria o teórica feminista. Oddone testimonia que esa información la extraía de las publicaciones enviadas por grupos feministas latinos radicados en Estados Unidos, escritas en castellano. A lo dicho se sumaba el traqueteo que le implicaba visitar, arriba de sus tacones altos, las distintas librerías amigas a la búsqueda de lo novedoso. En aquella época existían libreros de corazón, dueños y empleados, que con un delicado paladar orientaban en cuanto a las lecturas y a las reservas de las obras fundamentales, imposibles de obviar. Del mismo modo, algunos jugados en colaborar con una causa sentida como propia, entre ellos Néstor y Aníbal, colocaban en la mesa de entrada el nuevo número de Persona para que la clientela exclusiva la identificase a primera vista. Mientras tanto, cada semana, María Elena recorría la calle Corrientes desde el Obelisco hacia el Bajo para entregarla en mano a los kiosqueros friendly de la zona.

En 1974, el grupo paramilitar de extrema derecha que operó bajo la protección del gobierno peronista conocido como “La Triple A” (Alianza Anticomunista Argentina) la amenazó de muerte. Sin embargo, a Oddone no le incomodaban las intimaciones y proseguía con la difusión y la venta de la revista, mientras se desplegaban acciones feministas. Ello provocó un duro cuestionamiento por parte de sus colegas, al sentirse expuestas y correr peligro de vida ante su presencia.

Sin profesionalismo alguno, autogestionada y difundida entre los circuitos medios urbanos, Persona rodó hasta la llegada de la post-dictadura. No siempre una producción cultural logra resolver el intercambio y la reciprocidad, por el contrario, a veces, deja al desnudo las contradicciones de lo propio y lo ajeno como una frontera cultural. Pese a ello, aparecieron debates irrefutables que supo reflejar cuando no existía un público apasionado de sus palabras. Algo de esto fue lo que se propuso esta revista. Así, jugó un compromiso de solidaridad con causas que aún despiertan vigilias y preconizó las luchas en común entre las mujeres identificadas con los idearios feministas de un continente y del otro. En fin, releer a Persona nos remite a un presente continuo.


http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/las12/13-7503-2012-09-15.html

 

 
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