antipatriarcales, antifascistas, antiimperialistas

antipatriarcales, antifascistas, antiimperialistas

buscar

Síguenos en Twitter:

Insurrectasypunto es integrante de

Apostasía Colectiva en Argentina

Venezuela: Línea Aborto

Información Segura

Telef: 0426 - 1169496

 

Aquellas luchadoras libertarias Imprimir E-mail
Miércoles, 02 de Octubre de 2013 14:21

María Moreno
 
Mabel Bellucci

Durante la transición entre la dictadura militar y el gobierno constitucional de Raúl Alfonsín, surgieron nuevas publicaciones periodísticas; algunas de ellas incorporaron en su interior páginas, secciones, columnas o suplementos feministas. Este fue el caso del original diario Tiempo Argentino. El 17 de noviembre de 1982 se editó el primer ejemplar del suplemento “La Mujer”. La escritora y periodista María Moreno fue su impulsora. La acompañaba un puñado de colegas dispuestas a sacar los pies fuera del plato. Algunas de ellas desplegaron sus plumas amparadas por las destrezas y conocimientos profesionales que traían hacia finales de los años setenta del diario La Opinión, cuando lanzaron al rodeo el ya mencionado suplemento “La Mujer”.

A partir de allí, el grupo se constituyó más que imprescindible para ese feminismo porteño que salía francamente del armario con cierto altruismo, en un escenario político aún de pasmosa intolerancia. Por cierto, para estas periodistas, la vuelta a la democracia se tornó en una excusa indispensable para reflejar los álgidos debates feministas que crujían en los grandes centros intelectuales de Occidente. Todas ellas trabajaban fervorosamente contra reloj frente a sus máquinas de escribir Olivetti y con sus grabadores en las carteras detrás de la entrevista inesperada y de las noticias de último momento. Estas periodistas estaban inaugurando una nueva y comprometida faceta de la llamada “prensa femenina”.

En efecto, durante la dictadura militar hubo un retroceso respecto de los tres temas básicos que históricamente el periodismo les reservaba a las mujeres: moda, cocina y cuestiones de la vida cotidiana. Por su lado, el suplemento de Tiempo Argentino tuvo como premisa hacer circular escritos de teóricas y ensayistas extranjeras, reproducir notas de revistas feministas europeas como así también producir entrevistas y artículos relativos al feminismo local.

En esta oportunidad, elegimos reponer un reportaje a Juanita Q., referente indiscutible del anarquismo rioplatense, publicado el 3 de octubre de 1984, realizado por la cronista arriba firmante. Si su apellido aparece reemplazado por una inicial no se trata de un error de imprenta sino de la concreta decisión de la entrevistada de ocultarlo. Tampoco se muestra su rostro. Cautela al fin: apenas unos cuantos meses atrás, el terror aún formaba parte del paisaje. Además, Juana no estaba habituada a que un medio masivo la entrevistase como si fuera una figura pública. No cabe duda de que pesaba cierta mesura o titubeo en sus respuestas, por más que su biografía política justifique llevarla a un primer plano.

Estas activistas anarquistas disponían de una subjetividad apasionada capaz de borrar sus límites individuales en pos del objetivo colectivo de la revolución. Muchas de ellas, militantes, atravesaron historias de violencia y persecuciones por el redoblar de la represión y la prepotencia de los poderosos del capital. De allí que el estar alerta funcionaba como un mecanismo de supervivencia. Además, se sospechaba de quienes metían las narices en su mundo; se asemejaba a un interrogatorio o a una vigilancia política. Básicamente, sus deseos o sinsabores se expresaban en el grupo de afinidad, entre pares. Quizás, con estas pocas aclaraciones, resulte más comprensible entender ese recelo frente a preguntas que en la actualidad parecen simples. Después de algunas vueltas, Juana aceptó la entrevista, a fin de cuentas reveladora de la situación del anarquismo en los años heroicos. A continuación, Damiselas en apuros la transcribe. Eso sí, se la acompaña con aquellos datos que ella guardaba en secreto: se llamaba Quesada, de profesión actriz como su hermana Menchu, entabló un largo vínculo amoroso con el escritor anarquista Jacinto Macizo. Hacia 1955 ingresó a la Federación Libertaria Argentina (FLA) y centraba su activismo en un intenso despliegue de vida cultural. Con 85 años, murió en 1998, al poco tiempo que su compañero Macizo. Se podría decir entonces que las constelaciones anarquistas porteñas aún los recuerdan por su singularidad combativa.

Militancias

Aquellas luchadoras libertarias

Juanita Q. Su memoria recrea las difíciles batallas de sus compañeras. Poco o nada se sabe de estas tesoneras adelantadas –en nuestro país– de los movimientos de mujeres. Inmigrantes, criollas, analfabetas, ilustradas, fabriqueritas, amas de casa, empujaron un destino a paso firme y corajudo. Organizadas en forma gregaria en sindicatos, huelgas, centros femeninos, mitines, sostenían campañas por sus compañeros presos y deportados, o bien publicaban periódicos de corta data.

En una de estas tardes porteñas, entre fotos color sepia y revistas de los años cuarenta escritas por mujeres y varones libertarios, hablamos con Juanita Q, anarquista veterana, no tanto por sus años, sino por su tradición familiar ligada desde siempre a las luchas del movimiento.

-Mis padres eran anarquistas. La casa paterna era conocida como la casa del pueblo. Una casa amplia y abierta con su larga mesa tendida para recibir a los amigos o cualquiera que necesitara refugio. Todo era compartido, sin divisiones. Tanto mis hermanos como yo fuimos criados en ese ambiente tan especial. Mi padre era un inmigrante andaluz –sobre todo muy rebelde– con una fuerte educación católica. Llega a la Argentina siendo un adolescente y enseguida sufre una estafa y queda casi en la ruina. Cae preso sin razones precisas. En el ambiente de las rejas conoce a un activista libertario y así, sin buscarlo, descubre cómo darle forma a todos esos sentimientos que bullían en su joven corazón. A partir de ese momento, nunca más se apartará del anarquismo. Esto sucede alrededor de 1917.

¿Cómo era el comportamiento de su madre?
-Era una gran compañera. Como toda mujer de aquellos años estaba más volcada al cuidado de sus hijos y a todo lo que le implicaba el trabajo hogareño. Sin embargo, a mi padre nunca lo dejó solo en su lucha. Yo recuerdo, siendo muy pequeña, cuando él recitaba con entusiasmo sus versos libertarios y nosotros escuchábamos silenciosos al lado de ella mientras zurcía medias. En los momentos de ausencia de él –cuando estaba en la cárcel– mi madre era quien salía a trabajar para alimentarnos y también lo cubría en su actuación militante.

¿En qué espacios y en qué momentos las mujeres se relacionaban entre sí?
-Tengamos en cuenta que la sobrecarga del trabajo de la casa no les dejaba mucho tiempo libre y ellas eran más bien espectadoras de las tertulias que se armaban entre los hombres. Sin embargo, cuando uno de sus familiares era privado de su libertad entraban en comunicación para armar activas campañas por los presos sociales. Otro punto de reunión eran los encuentros, los festivales que realizábamos con recitados y cuadros filodramáticos. El anarquismo no era tan sólo lucha y persecución, esa es una parte de la historia: también era respeto, fraternidad, compañerismo y una vida cultural muy activa. Casi toda nuestra generación se educó en las bibliotecas populares, en las rondas de lecturas.

La obra autobiográfica de Juana Rouco Buela hace hincapié en la falta de espacios que tenían las mujeres dentro del anarquismo. Dice lo siguiente: “En mi vida hice muchas veces la observación de que la mujer en nuestro movimiento nunca tuvo el estímulo necesario y casi siempre se la ha ignorado en su labor tenaz y eficaz. Los mismos narradores de hechos, crónicas y libros no citan a muchas mujeres que han tomado parte activa en los mismos hechos y son pocas las que han podido figurar y tomar parte en nuestro movimiento”.
-Bueno, mi experiencia personal no fue así. Pero creo que ha sido más un problema de la época que del anarquismo. No sé si usted está al tanto, pero en los distintos congresos efectuados por la FORA, aparte de tratar los conflictos gremiales, el tema reincidente era el de la mujer, la prostitución, la explotación en el trabajo, su bajo nivel cultural y de conciencia, entre lo que recuerdo. Para mí existió un reconocimiento a la participación de las mujeres aunque su actuación era anónima y en conjunto. Recuerdo el movimiento huelguístico de inquilinos en 1907 y la intervención de las mujeres. La gran huelga del frigorífico de Zárate en 1921 con un alto porcentaje de mujeres. 1904 fue un año de resistencias y huelgas de mujeres. La formación del Centro de Estudios Sociales Femenino, en Necochea, en 1921. Otro hecho histórico importante a señalar: antes de la Guerra Civil Española se creó la “Agrupación Femenina Antiguerrera”, en colaboración con las socialistas, para unir voces contra el militarismo y la guerra. Eran centros que funcionaban en las ciudades más importantes del país. Y durante la revolución española, en Bahía Blanca, armamos juntas femeninas para ayudar con comida, ropa y medicamentos al frente republicano. Organizábamos también romerías, conferencias y festivales. Yo siempre entendí que la verdadera liberación femenina estaba dentro y no fuera de la lucha libertaria.

Hablemos de algunas de las mujeres anarquistas con las que usted militó o, al menos, conoció. En general, eran elocuentes oradoras…
-La primera mujer que habló en un mitín público fue Virginia Bolten –conocida como La Louise Michel argentina– en 1890, en Rosario. Ella recorrió gran parte del país propagando nuestro ideario. De la misma manera que Juana Rouco Buela a quien conocí cuando yo era muy chica. Siempre se hablaba de ella como una oradora formidable, una mujer combativa, de acción. A mi llegada a Buenos Aires, en el año 38, me conecté con Juana. Para esa época estaba más serena aunque siempre fue una mujer de carácter fuerte, muy coqueta, avanzada en sus ideas. Ah, ¡no puedo dejar de recordar a Salvadora Medina Onrubia! Era periodista, colaboraba en el diario “La Protesta” en la década del 20. Escribía obras de teatro, poesía y novela. Fue una ferviente defensora de presos sociales. Estuvo junto con Iris Pavón en la campaña pro-presos de Bragado. La conocí apenas instalada en Buenos Aires. Fue ella quien me contactó con Álvaro Yunque y Edmundo Guibourg. Otra figura excepcional fue Concepción Fernández, una española que vino desde muy pequeña a la Argentina. Su oficio inicial fue de planchadora y cuando más grande se dedicó a la venta de libros. Su casa era un poco como mi casa paterna. Anita Piacenza fue otra mujer destacada. Actuó como periodista. Y ya me olvidaba de Herminia Brumana –escritora y poeta reconocida–. También María Collazo, quien activó con Virginia Bolten y Juana Rouco.

¿Qué relación existía entre las anarquistas y las socialistas?
-Había más que nada una relación por la lucha sindical pero nos separaban propuestas distintas. Sus conquistas diferían de las nuestras en cuanto al tema de la mujer. Ellas pedían el derecho al sufragio y nosotras, como anarquistas, desconocíamos la acción partidocrática. Pedían el divorcio vincular, mientras que el anarquismo se oponía a cualquier tipo de contrato social –como lo es el matrimonio– y alzaba la bandera del amor libre. En cuanto al movimiento feminista, no se crea que era numeroso. Más allá de figuras de trascendencia como la de Alicia Moreau o Julieta Lanteri, no conocíamos a otras. Le digo más, yo sé que Juana Rouco le hizo un extenso reportaje a la Moreau, allá por el 30. Diría que eran grupos cerrados, de clase media.

Cuando llega Eva Perón, ¿qué sintieron ustedes como viejas luchadoras?
-A Eva la conocía de la radio. Mi hermana, que es actriz, no pudo trabajar durante ocho años en ningún medio artístico. Con eso le digo todo.

Pero ¿ustedes no sintieron que algunas de sus reivindicaciones fueron concretadas?
-El movimiento y movilización de las mujeres peronistas yo lo veía armado desde arriba, desde el poder, no por el sentir propio de las mujeres. Y fíjese en qué terminó la mujer dentro del peronismo: no ingresaron en los espacios gremiales –que para nosotras era fundamental– sino en el político.

Para terminar, ¿cómo se insertaba usted dentro del anarquismo?
-Apenas caminaba estuve presente en los distintos actos que organizaban mis padres. A los ochos años vendía periódicos libertarios. Ya más adolescente, activaba a la par de mis mayores. Actué en los cuadros filodramáticos y recitaba. Después llegaron las campañas en defensa de los presos sociales y todo lo que tuviese que ver con la actividad propagandística. Varias veces me alejé de mi profesión por cuestiones personales, pero nunca de mis ideas libertarias. Pienso que nací y moriré anarquista.


* Mabel Bellucci. Activista feminista queer.

 


http://damiselasenapuros.blogspot.com.ar/2013/09/aquellas-luchadoras-libertarias.html

 

 
Joomla 1.5 Templates by Joomlashack