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Lesbianismo a media voz Imprimir E-mail
Lunes, 28 de Abril de 2014 15:39

Andrea Momoitio

La visibilidad ya no es la gran batalla del lesbianismo, que se enfrenta a un reto mayor: salir indemne de las representaciones que hacen de él desde la ficción a falta de lesbianas de carne y hueso que hagan pública su condición.
Las declaraciones de Ellen Page provocan polémica en una sociedad que parece querer privatizar el lesbianismo.

Elena Anaya ganó en 2012 el Goya a la mejor actriz revelación por su interpretación en La piel que habito. Recogió su premio emocionada y generó una gran polémica por cómo nombró a su pareja: “Se lo dedico a mi amor porque eres lo más fascinante que me he encontrado nunca y soy profundamente feliz a tu lado”. Ese "amor" era entonces Beatriz Sanchís.

Elena Anaya es el paradigma de la postura que hemos tomado como sociedad ante el lesbianismo: disfrazar de respeto a la intimidad lo que no es más que una forma de ocultar, armarizar y negar el lesbianismo como opción pública y política. Pero no hay posible postura apolítica ni privada del lesbianismo.

Las mediáticas declaraciones de Ellen Page, que sólo pueden leerse como una llamada de auxilio de la actriz, lo evidencian. Una sociedad no puede preocuparse más por la privacidad que por la libertad. La intimidad es un privilegio de las personas libres. ¿Cómo hemos podido cuestionar si su discurso era necesario cuando ella misma nos está diciendo que no aguantaba más, que estaba harta de mentir? Porque, por fin, alguien dice que negar, ocultar o velar es mentir: “Estoy harta de mentir por omisión”, dijo Page. Eso es lo realmente interesante e importante de su declaración. Ha hecho historia por evitar la neutralidad lingüística, un recurso que hemos utilizado mucho las lesbianas para no herir sensibilidades y como estrategia de autoinvisibilidad para sobrevivir. El lenguaje ha sido nuestro aliado y nuestro carcelero: Nuestros amores y nuestras parejas, nuestras relaciones privadas, nuestras amigas íntimas.

El mundo sirve de espejo para los heterosexuales y las heterosexuales. Nosotras, las desviadas, no tenemos referentes en los que mirarnos. Siempre nos los hemos inventado porque son indispensables en cualquier proceso de creación identitaria. Más aún cuando la identidad que se está formando no está legitimada. Rosana (“A fuego lento revoltosas caricias que parecen mariposas”) nunca ha dicho que es lesbiana, y quizá no lo sea, pero las lesbianas de mi generación hemos crecido creyéndola una de las nuestras. ¿El problema? Que el hecho de no saberlo a ciencia cierta, tener que imaginar sobre la marcha una cultura lesbiana que nos niegan o la creación de referentes basada en suposiciones, ha dejado poso. Un poso del que difícilmente podemos deshacernos y que nos ha enseñado que nuestra manera de vivir, nuestra vida como posibilidad, es algo que debemos vivir entre silencios, suposiciones y códigos propios que nos ocultan.

En los últimos años, la televisión nos ha dejado un hueco, sí: en la ficción. ¿Dónde si no podría caber algo tan dinamitador y subversivo como el lesbianismo? El lesbianismo entre la ficción y la realidad: un clásico. ¿No se ha creído siempre que una pareja de dos mujeres no eran más que dos buenas amigas? ¿No nos han dicho muchas veces que nuestra opción era algo que cualquier falo podría curar? A través de la estrategia de representación amor-matrimonio-maternidad como trinomio de normalización, los medios de comunicación están creando un imaginario de las lesbianas, que nos dejan a muchas fueras. Mientras, las de carne y hueso, parecen seguir apostando por preservar su intimidad.

¿Cómo vais a decirme ahora que no es importante que Ellen Page haya dicho abiertamente que es lesbiana? ¿Cómo no va a ser doloroso que Elena Anaya se oculte, y por ende nos oculte a todas, cuando tiene la posibilidad y los medios para hacernos un poco más felices? Porque aquí estamos hablando de sentimientos. A veces, en un intento de normalizar las opciones sexuales no heteronormativas, nos perdemos entre conceptos y buenas intenciones, pero lo cierto es que aún hoy muchas jóvenes lesbianas están llorando a escondidas porque no saben cómo decírselo a sus progenitores o porque tienen miedo a perder a sus amistades. Si eres heterosexual esto puede darte pena, pero a mí, que soy lesbiana, me encoge el corazón.

Mientras muchos y muchas debatían en las redes sociales sobre si era importante o no que Page hubiese dicho que era lesbiana, nosotras, las lesbianas, nos alegrábamos profundamente de la noticia. Las jóvenes lesbianas, hoy, están más cerca de dejar de preguntarse aquello de: “¿Seré yo la única lesbiana en el mundo?”. No. Elena Anaya y Ellen Page también son bolleras. Rosana no lo ha dicho todavía.

 


http://www.eldiario.es/pikara/Lesbianismo-media-voz_6_232786753.html

Última actualización el Lunes, 28 de Abril de 2014 15:47
 
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