Hasta aquí hemos llegado Imprimir
Sábado, 20 de Junio de 2009 01:25

Marat en Kaos en la Red

"La libertad sólo para los que apoyan al gobierno, sólo para los miembros de un partido (por numeroso que éste sea) no es libertad en absoluto. La libertad es siempre y exclusivamente libertad para el que piensa de manera diferente"  (Rosa Luxemburgo)

No hay silencio más cobarde dentro de la izquierda revolucionaria que aquél que se ejerce como autocensura. No hay mayor deslealtad dentro de la izquierda revolucionaria que el mutismo del amedrentado cuando sobran las razones para elevar la voz y proclamar que algo no marcha bien. Se calla por miedo a la sanción, tenga ésta la forma que tenga. Se calla cuando somos incapaces de gritar ¡basta! por temor a la repulsa del colectivo o al ostracismo social de los que se supone próximos.

Callamos tantas veces, cuando los que más debieran hacer uso de la discreción no lo hacen que, en nuestra prudencia, podemos ser culpables de complicidad por omisión.

Hace ya muchos años, cuando aún era militante del PCE sostuve enconadas discusiones acerca del proceso de la “perestroika” y la “glasnots” en la URSS. Sostenía, frente a mis entonces camaradas, que el proceso abierto por el secretario general del PCUS, Mihail Gorbachov no era sino un falso camino hacia delante.

Por un lado, la “perestroika”, a mi por entonces parecer, constituía una reforma económica encaminada al desarrollo de una economía hacia el “espíritu de empresa” liberal, no dentro de un modelo de mercado socialista, sino capitalista. Y es que las energías entonces liberadas no iban encaminadas a poner en pie una “propiedad social”, hasta entonces sólo estatal o de capitalismo de Estado, de los medios de producción y distribución –fuera en sus formas cooperativistas, de autogestión o de cualesquiera otra fórmula de propiedad colectiva de dichos medios; esto es al perfeccionamiento del socialismo, que prefieren denominar otros enfoques sobre el socialismo.

En realidad, el socialismo, en su acepción marxiana (de Marx) había sido definido como propiedad colectiva o social, no estatal, de la economía. Por tanto, desde ese argumento, para mí válido, no había existido socialismo en la URSS, fuera de los koljoses, más nominales que reales.

Pero lo que se venía encima, con la “perestroika,” era un proceso privatizador que, una vez provocado el colapso y la desintegración de la URSS se vería eclosionar en toda su plenitud con los presidentes rusos Yeltsin y Putin: la aparición de la nueva figura de los capitalistas, a partir de la apropiación privada, por procedimientos directamente mafiosos de la economía estatal.

¿De dónde había surgido aquella “nueva clase”? Para algunos “kremlinólogos” de la época sus antecedentes estaban en los llamados papeles de Novosibirsk, los cuáles habrían sido auspiciados por el propio Yuri Andrópov, a la sazón primer secretario del PCUS, de tintes moderadamente “reformistas”, y predecesor de Konstantín Chernenko (de línea más ortodoxa). Con su muerte, los “reformistas” ganarían la batalla y colocarían en la dirección del Partido y de la URSS a Mihail Gorbachov. La historia es, o debiera ser, sobradamente conocida.

Lo cierto es que atribuir los prolegómenos de la “nueva clase” a esa etapa de la URSS es desconocer absoluta y rotundamente la naturaleza del régimen soviético o, lo que es peor, “ignorarla” intencionadamente. No hay mayor ciego, ni cómplice de la ceguera, que quien se niega a ver.

“La Nomenklatura” es el término que designó a la élite de funcionarios y políticos del régimen soviético, surgida bajo el estalinismo y caracterizada por su influencia y poder en la gestión del Estado. Sus integrantes, pertenecientes al PCUS (Partido Comunista Soviético), ostentaron unas condiciones económicas y sociales superiores a las del resto de los soviéticos. En ella estaba el auténtico antecedente de lo que luego serían los nuevos millonarios de la época de los “zares” Yeltsin y Putin.

Basta con ver los “currículum vitae” políticos de los Abramovich, los Berezovsky o los Yevtushenko, por citar sólo 3 ejemplos de los más significados. Independientemente de cuál haya sido el devenir de sus relaciones –unos con mayor suerte que otros- con los nuevos señores del Kremlin, en “la nomenklatura” estuvo el origen de las fortunas de la mayoría de ellos; al menos de los que constituyeron la primera oleada de los nuevos multimillonarios. Lo mismo sucede hoy en la China capitalista de partido único, sólo que éstos potentados de ojos rasgados suelen tener en sus bolsillos los carnés del PCCh.

Afirmar que la naturaleza jurídica del régimen de propiedad socialista soviético impedía la existencia de una nueva clase de poseedores es tan absurdo y aberrante como afirmar que las constituciones burguesas garantizan el cumplimiento de los principios de libertad, igualdad, justicia social y solidaridad. Lo que hace a las naciones no son sus constituciones sino las realidades sociales bajo las que viven.

Y lo cierto es que, si nominalmente la nomenklatura no era poseedora de los medios de producción, su condición de colectivo dirigente de la política y la economía le permitía usufructuar de por vida (o, al menos, hasta caer en desgracia) esos bienes y, en muchos casos, a sus hijos.

Eliminada la existencia de una oposición política a la derecha y de izquierda, mediante el expeditivo procedimiento de purgas y Gulags, convertido el sufragio universal en una burla ritual con participación del 99,99%, ausente un control obrero independiente del partido e inexistentes los derechos de reunión y libertad de expresión y opinión, más que mínimamente dentro del partido, la nueva clase de la que hablaba Milovan Djilas en referencia al caso yugoslavo, tenía las manos libres para hacer luego derecho lo que ya era un hecho.

¿Y la, “glasnots”, qué pintaba en todo esto? La transparencia, que esa es la traducción al castellano de la palabra rusa, era el intento controlado de liberar energías para desarrollar el proceso de la “perestroika”. Como una ley Fraga –o ley de prensa de 1966- cualquiera, se permitieron ciertos espacios acotados de libertad de prensa, expresión y opinión pero, como en aquella, impidiendo las libertades de asociación y reunión. Y es bien sabido que las unas sin las otras caminan cojas y con recorrido corto. El objetivo es que aquello no se saliera de madre, no para salvar el socialismo real-mente inexistente sino para que la nomenklatura no perdiera su poder. Buena parte de ella lo perdió, con el hundimiento del sistema, pero otra se salvó, y de qué modo, justo como en España

La clase obrera rusa no puedo organizarse para salvar lo que el sistema tenía de bueno –pleno empleo, educación, sanidad, transporte público gratuito, acceso a la cultura casi gratuito,...- y construir un socialismo auténtico, a través de la expropiación al capitalismo de Estado de los medios de producción y distribución, esta vez sí, para ponerlos en manos de los trabajadores. El socialismo había sido desprestigiado por aquellos que decían representarlo y los trabajadores tenían las manos atadas.

Este largo preámbulo viene a cuento de que muchos de aquellos con quienes debatía el proceso de la “perestroika” y de la “glasnots”, dentro del que entonces era mi partido, el PCE, recelaban de, cuando no rechazaban abiertamente, una posible evolución de la entonces URSS hacia el pluripartidismo y las libertades políticas tal como en España se conocían. Las libertades políticas estaban bien para mantenerles en la legalidad a ellos pero no para el pueblo soviético. Esclarecedora ley del embudo.

El juego de la “democracia formal”, o burguesa, como la llaman otros, está bien cuando me beneficia pero ya me procuraré yo de negársela al resto a poco que pueda. Curiosa moral política la de esos “demócratas” que condenan el cinismo y los límites de las libertades políticas bajo el capitalismo pero las recortarían aún más a todos los que no fueran ellos si en su mano estuviera.

Con el cinismo de quien afirma que, instaurado “su” “socialismo”, sobrarían otros partidos porque los intereses que éstos representasen habrían sido ya “superados” en esta etapa socioeconómica, no pretendían otra cosa que asegurarse la perpetuidad eterna de su ocupación del poder.

Y cualquier argumento que se oponga a tales pretensiones se despacha con la rápida descalificación de concepción o ideología pequeño-burguesa y liberal de la democracia y la libertad por parte del “crítico”. Muy “coherente” en quien la exige para sí y la niega para el resto. Afirmada la superioridad de sus “postulados” sólo quedar eliminar los del resto.

Todo proceso histórico es producto de las circunstancias sociales, económicas y políticas en las que se produce y del modo en que sus actores lo mueven. Equiparar las ciencias sociales, también llamadas ciencias blandas, a las ciencias de la física, la química o la matemática, también llamadas ciencias duras, es tan estúpido como pretender que los experimentos que funcionan bien en un laboratorio con unas variables controladas, lo hagan igualmente en el abierto espacio de la indeterminación social y humana.

Pero no bastó la primera experiencia de un socialismo que degeneraba porque desconfiaba de los trabajadores y de que estos aceptasen de buen grado lo que el partido único les imponía, ofreciéndoles pensar por ellos y en su lugar. Se sacralizó en todos los países del llamado socialismo real bajo el término de dictadura del proletariado lo que no era otra cosa que dictadura a secas, a menudo contra el proletariado mismo, como en Praga, en Budapest, en Gdansk o en Tiannamen. ¡Ah, que en los primeros lugares los obreros eran agentes de la CIA, disfrazados de obreros y los últimos estudiantes burgueses chinos!

¿Pero no habíamos quedado en que en el socialismo las contradicciones sociales son hegemonizadas por las clases populares? ¿Cómo es que esas mismas clases se rebelaban ahora contra sus dirigentes que tanto cuidaban por sus “intereses objetivos de clase”? ¿Tan eficaz y poderosa era la anticomunista radio Liberty, el papa Wojtila o la CIA para movilizar a grandes masas del pueblo contra los “eficientes” dirigentes comunistas y su “poderoso muro´hasde contención contra la reacción capitalista” en países sin oposición libre ni organizada? ¿No sería más bien que las libertades políticas son una aspiración de los pueblos y de la necesidad de emancipación humana que el que bajo el capitalismo nunca hayan sido reales no significa que el pueblo deje de luchar por lograr que un día lo sean?

Es más, para Marx el socialismo no era otra cosa que la auténtica conquista de los valores de la libertad, la igualdad, la justicia social y la solidaridad, traicionadas por las burguesías hegemónicas, una vez lograda su toma del poder, esas mismas burguesías que habían negado al proletariado los mismos derechos que se apropiaron en exclusiva para sí.

Ahora se emplean los mismos argumentos para defender a una dictadura reaccionaria y teocrática iraní, que no duda en masacrar al pueblo ante sus aspiraciones de mayor libertad, bajo el argumento de la revuelta popular contra los ayatolláhs se parecea la “revolución naranja” que en Ucrania buscó derribar al gobierno proruso (como si pensaran que tras los carteles de McDonald´s de Moscú esperan las hoces y martillos para volver a sorprender al capitalismo), siempre, eso sí, al servicio del imperialismo USA o bajo el argumento de que el gobierno de Ahmadineyad es “objetivamente progresista porque es amigo de Venezuela, Rusia o China”.

¿Cuál es el sistema de propiedad en Irán? Pero ¿no habíamos quedado en que la religión es el opio del pueblo? ¿Desde cuándo el régimen que asesinó a la izquierda iraní es progresista, desde cuando lo es una sociedad en la que la casta sacerdotal tiene la última palabra?

Refiriéndome sólo al caso iraní son las ansias de libertades de un pueblo las que hablan. ¿Acaso si no hubiera razones para movilizarse en Irán contra la opresión de los ayatolláhs la labor de derribo del régimen que pueda estar haciendo la CIA iba a funcionar? La máxima de que el enemigo de mis enemigos es mi amigo tiene un tufillo reaccionario que tira para atrás porque admite cualquier cosa, como ya pasó en la historia en el campo de los amigos, hasta los que asesinan a los propios.

¿Con qué cara dura se pueden defender los derechos irrestrictos a las libertades políticas, de expresión y manifestación en España para las opciones propias y negarse en Irán? Pero ¿quiénes se creen que son quienes niegan los derechos a otros pueblos y los reclaman aquí para ellos y sus ideas? ¿Y con qué derecho que no sea el de sus propias aberraciones niegan a otros lo que exigen para sí? Afortunadamente las sociedades han aprendido que no hay matices para las dictaduras y de que la máxima de Maquiavelo de que el fin justifica los medios es profundamente inmoral. ¿Quiénes se creen que son estos adoradores del “padrecito” para decirles a los pueblos que las libertades que ellos reclaman para sí deben serles negadas a los demás porque son libertades burguesas?

Son los mismos que justifican los pactos Molotov-Ribbentrop bajo el “argumento” de que la URSS necesitaba ganar tiempo para armarse, aunque ello significase entregar a las bestias hitlerianas a muchos de los más valiosos y valientes comunistas centroeuropeos. La mentira se cae cuando sabemos que la red de espías de la “Orquesta Roja”, infiltrado en el corazón de la Alemania nazi, y en otros territorios ocupados, no fue creída cuando avisó de la operación Barbarroja.

Sencillamente porque el “padrecito” pensaba que un colega no le iba a jugar una mala trastada al otro colega. Algunos de los pocos combatientes antinazis que lograron sobrevivir luego serían perseguidos e incluso eliminados por la paranoia del stalinismo años después bajo el argumento de que no era creíble que hubiesen sobrevivido sin colaborar con el nazismo.Cuando la ruindad no tiene límites, el crimen es rey.

A esta inmoralidad hay que decirle NO. Hay una degradación ideológica, política y moral de una parte de la autoproclamada izquierda, aquella que con el PC Argentino al frente llegó a defender el carácter “progresista” de Videla frente al reaccionario de Masera y a mantener una posición vergonzosa ante el golpe de Estado, sencillamente por los intereses soviéticos en relación con Argentina. 

Los mismos “argumentaciones” de los discursos que comparan el supuesto carácter “popular” de Ahmadineyad frente al “burgués” Musavi, como si una y otra corriente no tuvieran las manos manchadas de la sangre de decenas de miles de militantes comunistas del Partido Tudhé, de socialistas, de muyahidines, de demócratas. Sin duda “victimas” necesarias cuyo sacrificio hay que silenciar en nombre de la monstruosa y delirante teoría del “espíritu fraterno de los pueblos” sustentado sobre la voluntad de los tiranos y jaleado por sus “ínclitos” seguidores.

Que la sociedad iraní aproveche las contradicciones dentro del sistema para abrir espacios de libertades, regados con el sacrificio de su propia sangre parece que es ser brazo armado y propagandista del imperalismo yankee. Pues si ser enemigo del imperalismo yankee ya te hace bueno, Pol Poth y Hitler eran “objetivamente” seres encantadoramente progresistas a apoyar.

El cinismo político cada vez está más desprestigiado como arma que pretenda cambiar el mundo porque sólo es una fábrica de mentiras y crímenes, nunca más un medio de liberación. Hoy ya sabemos, hemos adquirido terribles experiencias, dolorosos descubrimientos provocados por liberticidas que han hecho tragar a sus víctimas demasiadas veces el amargo jarabe de sus mentiras que esconden el tiro de gracia contra quienes osaron decirles NO. 

Me niego a respetar a este tipo de “personajes” o a ser tolerante con quienes aplauden y jalean a los abyectos que reprimen y masacran a los pueblos. 

Esos sectores que se autotitulan como los más auténticos revolucionarios, la vanguardia fetén, deben ser denunciados en su impostura, en su carácter reaccionario y combatidos políticamente porque es terrible el daño y el descrédito al que someten a las auténticas ideas de la izquierda que sí es revolucionaria y que no tiene contradicciones entre defender una sociedad socialista y las libertades políticas porque saben que no es que ambas sean compatibles sino interdependientes y necesarias para un auténtico socialismo.

Se han quedado sin referente pero su sectarismo amante de las dictaduras sin otro calificativo les impide una reflexión regeneradora de su pensamiento. El fanatismo es su norte y el miedo a la libertad de los otros su obsesiva y conspiranoica fobia.

La izquierda revolucionaria no podrá recuperar su crédito mientras calle, mire para otro lado y no denuncie ni desenmascare a esos embajadores del pensamiento totalitario y de las dictaduras. 

http://www.asaltarloscielos.blogspot.es