Refundar universales no tiene por qué implicar un retorno a Platón Imprimir
Martes, 24 de Agosto de 2010 23:27

dos misterios

entornoalaanarquia.com.ar

Si había muerto dios, fue por cuestión de principios. El desafío va a seguir estando en la paradójica tensión entre la igualdad y la diferencia. El punto clave aquí es el lenguaje, una y mil veces, pero no porque inscriba fatalmente un gobierno de la diferencia, sino porque es precisamente con la diferencia que iguala.

Conocemos la diferencia entre las palabras y las cosas, pero no hay cosas sino la pura palabra, al menos en lo que tiene de lanzamiento. Exageremos aquí la palabra, digamos también la figura, el signo. Más aún, la imposibilidad del signo perfecto.

Para alcanzar su perfección el signo necesita de la univocidad, y esto es un imposible. El matema fuerza la perfección del signo, pero es un forzamiento. Pero, aún así, hay universales.

El punto (si hay un punto) es precisamente cierta inversión del platonismo que seguramente no será la deleuziana, aunque realmente no lo sé. Digamos que siempre hay una fuga en la circulación entre inducción y deducción en la que habita el simulacro, pero no basta con eso para arruinar todo universal, puesto que, de hecho, podemos decirlo. Si decir no es solamente la emisión, es porque la interlocución no es imposible, simplemente es equívoca.

Vuelvo entonces mis pasos sobre la refracción. La superficie refringente no es un objeto clásico, sino uno más bien contemporáneo, un hipertexto, la colisión o yuxtaposición entre la materialidad y la inmaterialidad. Es, en cierta manera, la forma más intensa de la experiencialidad de la inmanencia.

Refringente: dícese de un cuerpo que refracta la luz. Claro que la refracta respecto de otro cuerpo. Más aún, el cuerpo refringente no es el volumen material cuyos índices se establecen respecto de la decisión de una normalidad (el aire en ciertas condiciones de presión y temperatura) sino la pura superficie entre dos volúmenes. El cuerpo es una superficie que adviene ante la yuxtaposición de dos volúmenes.

Asumamos, entonces, que el cuerpo ocurre, y no hay nada trascendente a la pura situación que lo determine como tal. Inducimos de un cuerpo la corporeidad y deducimos de la corporeidad los cuerpos. Y entonces la fuga. Un cuerpo no es los cuerpos, pero, de hecho, lo es. No hay la corporeidad, pero hay los cuerpos. Y los cuerpos es un universal.

El estar ahí de los cuerpos es la diferencia entre los cuerpos. La superficie es lo que se fuga de cualquier identidad en cada volumen yuxtapuesto, y por eso mismo es la única condición de identidad de los volúmenes yuxtapuestos. El estar ahí, entonces, como diferencia existencial, es lo que admite la composición de un universal. Lo que iguala a los cuerpos es estar ahí, diferentes.

La seriación, condición inexpugnable del lenguaje, es la marca de la tensión entre la igualdad y la diferencia. Por eso, muy radicalmente, igualdad no es mismidad. De ahí que un discurso igualitario pueda diferenciarse de un discurso igualizante. No hay manera de igualizar, sólo cabe mismizar. Esta mismización es la identificación que opera sobre la diferencia en acto en toda acción representativa. El estar ahí, en acto, es, si observable, la presentación de los cuerpos. La representación es el movimiento desde el discernimiento hacia la identificación.

De ahí que la idea de conjunto deba ser compuesta a partir del vacío. No hay esencia. No hay nada adentro de cada elemento de un conjunto que lo habilite a pertenecer al conjunto, sino la efectividad de un discernimiento que, en tanto definición especial de un conjunto, lo determine perteneciente. Cabe solamente a la representación afirmar que la pertenencia se debe a una condición del elemento y no a una definición del conjunto.

De modo que, habiendo una definición, ha de haber un conjunto, y esto es, por cierto, un universal. Sólo que no hay nada de la mimesis entre el elemento y el conjunto, nada de herencias, nada de modelos ni de copias. Ni siquiera simulacros. Solamente el estar ahí discernido, determinación de una superficie, recorte en lo que hay, decisión.

Lejos de deshabilitar los universales, resulta mucho más adecuado, en mi opinión, deshabilitar los particulares, en tanto resultantes de la representación que habilita a decir de la multiplicidad de un elemento, de su equivocidad y fuga respecto de la esencialidad, su constitución en tanto parte de un todo. La parte es el dominio de la representación, en la medida en que se identifica un cuerpo con su estar situado por las condiciones de la definición del conjunto.

De ahí, entonces, que la igualdad, principio deducible de nada, se vuelva apuesta igualitaria frente a la hegemonía de la diferenciación igualizante. Es esta diferenciación, y no la diferencia en sí, lo que se opone a la idea de igualdad, si ésta es pensada en contra de su sinonimización con mismidad. Hay la igualdad del estar ahí, la igualdad ante la refringencia, la igualdad ante la interlocución, aún si falla. O, precisamente, porque falla.

Última actualización el Miércoles, 25 de Agosto de 2010 01:56